IQUIQUE Y EL DESIERTO DE ATACAMA

Hola amigos, os escribo desde Iquique, una población chilena en la costa del océano Pacífico al norte del país. El 21 de julio, hace casi dos meses, aterrizaba en Santiago procedente desde Sidney. El escaso tiempo con el que terminé mi recorrido por Australia, pues tuve que recorrer más de 4000 kilómetros en menos de 3 meses, hizo que apenas pudiera planificar mi paso a América. Por suerte, mis excelentes amigos Gustavo, Soledad, Vicente, Benjamín y Marcelo me abrieron las puertas de su casa en la capital de Chile y pude disfrutar durante varios días de su excelente compañía y de todas las comodidades para allanar el terreno que tenía por delante, así como realizar entrevistas, actualizar la web y redes sociales, incluso hacer algo de turismo y conocer la ciudad. Tres meses en el visado y algo más de 2000 kilómetros de recorrido por Chile hasta la frontera con Perú o Bolivia hacían a priori más relajada la travesía por este país. Sin embargo, a la vista tenía uno de los retos más duros y en los que tenía puesta la mirada desde que salí de España: el desierto de Atacama.

El 25 de julio reanudaba la marcha a la conquista del que ya es mi cuarto continente: América. Si bien en un principio pensaba avanzar por la R-5 (ruta panamericana), decidí cambiar las primeras etapas del recorrido y hacerlo por la costa, más tranquila y bonita, a través de Tiltil, la cuesta de la Dormida, Olmué hasta Concón, cerca de las turísticas Viña del Mar y Valparaíso. Con la mentalidad todavía de Australia, un continente tan sumamente plano donde a cualquier leve ondulación lo llaman montaña, hay que acostumbrarse a los constantes y pronunciados desniveles de la geografía chilena. A la cordillera de los Andes, con montañas superiores a los 6000 metros de altitud haciendo de frontera natural con Argentina y Bolivia, hay que sumarle la cordillera de la Costa, otra cadena montañosa que supera los 2000 metros de altitud entre los Andes y el Pacífico. Por esta razón, las etapas comenzarían siendo más cortas, en torno a los 35-40 kilómetros diarios. Gracias a que en estas fechas en el hemisferio sur es invierno no debía beber y, por tanto, cargar con tantos litros de agua. Los primeros kilómetros los haría acostumbrándome a este nuevo país, el primero en el que volvería a hablar español desde que salí de España hace ya casi un año y medio, probando las famosas empanadas de pino, el delicioso manjar y aceptando mentalmente, con asombro y determinación, el hecho de que estaba comenzando ya el recorrido por América. En mi mente había conseguido visualizar la aventura hasta Australia, ver más allá era algo que se dibujaba borroso en mi pensamiento, por decirlo de algún modo, ya era un gran logro llegar hasta las antípodas caminando y en ese esfuerzo concentraba mis energías, apurado por los visados, mi escaso presupuesto y centrado en superar las dificultades del camino, lo que ocurriera más adelante ya lo diría el tiempo. Y bien, había llegado ese momento, en tan sólo un año y cuatro meses tenía ya tres continentes en mis piernas y nada más y nada menos que América por delante.

Subí por la costa a través de Aguas Claras, Longotoma, Los Vilos, Huentelauquen, Las Palmas, Talinay y Guanaquero hasta Coquimbo, donde volví a hacer una nueva parada. Carlos, el amable propietario del acogedor hotelito América, me ayudaría a reparar algunas de las varillas partidas por el viento de mi tienda de campaña y me regalaría una noche, asombrado con mi mundial gesta al más puro estilo Diego de Almagro y Pedro de Valdivia. Igualmente, contactó con algunos medios y también pude realizar entrevistas en esta población. La panamericana trascurre vallada a ambos lados, por lo que al caer la tarde resulta difícil a veces encontrar un lugar propicio para poner la tienda. A partir de la Serena y hasta Vallenar la R-5 está en obras lo que en ocasiones convierte la caminata en un auténtico peligro. Otras, sin embargo, dispuse de un solo carril para mí solo. A partir de Vallenar, ya en la región de Atacama, comienza el desierto propiamente dicho.

En Vallenar existe la opción de avanzar por la costa, desde Huasco a Caldera, sin embargo a última hora tomé la decisión de hacerlo por el interior hacia Copiapó. Me encontré con una ciclista belga que había venido por la costa y, ante la escasez de abastecimiento de agua y comida, me recomendó ir por el interior donde, al menos, había alguna puntual posada. Unos 180 kilómetros sin prácticamente nada empezaban a poner la nota árida a la caminata, sin embargo, gente que me había visto en la televisión me saludaba desde los coches y me regalaba agua y comida. Es una bonita sensación ver cómo la gente, cuando ve a alguien atravesando el desierto caminando y en solitario, tiene el detalle de ayudarle. Estos días comenzaría también a disfrutar de los impresionantes cielos nocturnos en mitad del desierto chileno, millones de estrellas brillando en el cielo convirtiendo el paisaje en un espectáculo sin igual.

Recuerdo la  sensación de fea población que me llevé cuando atravesé Copiapó, plagada de mineras e industria. La minería es el principal motor de la economía chilena, minería de cobre. Antiguamente, Copiapó se hallaba inmersa en los valles del desierto, una región en la que el agua del río de mismo nombre regaba variados cultivos. Actualmente la actividad minera ha secado el río y la agricultura ha desaparecido prácticamente en esa zona, junto con su riqueza de fauna y flora. También es fácil encontrar españoles trabajando en este país, bien con la empresa Sacyr en la carretera panamericana, en los molinos eólicos o en la construcción de plantas desalinizadoras junto al mar para las minas.

De Copiapó me dirigí a Bahía Inglesa, donde pude descansar un par de días en casa de mi amigo Dani, y proseguir hacia Caldera, Chañaral y Taltal. Entre medias atravesé el bonito y solitario parque natural Pan de Azúcar. Resulta impresionante ver las áridas y escarpadas rocas de colores frente al mar, da la sensación de estar absolutamente en otro planeta, y de ser muy pequeño y afortunado de poder caminar en silencio por ese inmenso y solitario paisaje. Son escenarios completamente nuevos para mis sentidos y mi mente. Yo siempre digo que la mente va con el paisaje, y en estas tierras en las que aparentemente no hay nada uno encuentra una gran inspiración. Estaba atravesando poco a poco y paso a paso el desierto de Atacama y, aparentemente, sin muchas dificultades.

En verano y por el interior, lo que se llama el Altiplano, las oscilaciones térmicas son enormes, entre los 50º grados de día y los -25º por la noche. Por eso yo elegí atravesar este desierto en invierno (los meses de julio a septiembre en el hemisferio sur) y, siempre que fuera posible, por la costa, donde las temperaturas son más suaves ya que el mar hace de termoregulador. La radiación solar es muy fuerte en esta zona del globo ya que la atmósfera acá no tiene ozono. La solución es caminar con una gorra, gafas de sol, manga larga tanto de camiseta como de pantalón y una camiseta cubriendo cara y cabeza, es decir, dejando al aire libre la menor superficie posible de piel. Además, empleo crema solar del factor 50. Otra dificultad del desierto de Atacama son los desniveles. Chile es muy montañoso, por lo que hay que estar constantemente subiendo y bajando cuestas con una cierta cantidad de peso encima, ya que la distancia entre avituallamientos de agua y comida pueden llegar hasta los 200 kilómetros. Eso obliga a tener que portar alguna garrafa de agua en el carro y una mochila supletoria en la espalda con comida para varios días. Por suerte, además de la puntual ayuda de la gente en la carretera en los tramos más complicados, hay un fenómeno metereológico costero que juega a mi favor: la llamada “camanchaca”, una suerte de niebla densa proveniente del océano y que queda retenida por la cordillera de la costa, por lo que los cielos suelen estar nublados, reduciendo ligeramente la radiación solar: no hay que confiarse de todas formas y seguir protegiéndose la piel, pues a través de las nubes se filtran igualmente los rayos solares.

En Taltal, tras dejar atrás la bonita caleta de Cifuncho, recibí la invitación de Javo, el profesor de una escuela de inglés, por lo que volví a quedarme varios días descansando y disfrutando del lugar. Australia fue de gran exigencia física, por lo que Chile me lo estoy tomando con relativa calma, si por calma se entiende caminar igualmente 45 kilómetros diarios a través del desierto más árido del mundo y empujando un carro de más de 50 kilos. Estoy entrando en una dinámica de esfuerzo y ejercicio, empujando los límites hasta convertir la supervivencia en algo cotidiano, que cuando paro en un lugar a descansar me canso más que cuando estoy “en ruta”: estoy acostumbrado a seguir el ritmo del sol, y en las poblaciones la luz eléctrica me altera los horarios.

Voy disfrutando de la nueva fauna, lobos marinos rugiendo en las rocas, pelícanos planeando con  elegancia sobre las olas, cormoranes pescando en picado, jotes dominando las alturas en las montañas, delfines jugando entre el oleaje…mientras camino inmerso en mis pensamientos por caminos y carreteras poco frecuentadas entre la costa y las áridas y rocosas montañas que caen a plomo sobre la orilla fragmentadas en pedreras de rotas rocas, un espectáculo único e impresionante. Durante estos días voy pensando si pasar a Bolivia al acabar Chile, o ir directamente a Perú. Ir a Bolivia y, posteriormente, de Bolivia a Perú, supone tener que atravesar la cordillera de los Andes en dos ocasiones por puntos a casi 5000 metros de altitud, un gasto de energía bastante grande, todo un reto para el que hay días que no tengo ganas. Sin embargo, conforme vayan pasando los días iré tomando la resolución de sí afrontar este nuevo reto: me lo tomo como una oportunidad de conocer una zona hermosa del mundo por la que no sé cuándo volveré a pasar, además de encarar nuevas dificultades que, en parte, son un estimulante aliciente y es para lo que estoy aquí. Nunca he subido a semejante altura y algún día habrá que hacerlo…ese momento se acerca.

Después de Taltal subo una de las mayores “cuestas” de Chile, la cuesta de Paposo, más de 30 kilómetros con unos primeros 10 kilómetros a más del 12% de desnivel y cargado con más de 60 kilos de agua y comida. Pero una vez arriba, la recompensa. Avanzo por los territorios en los que está instalado el observatorio del Paranal, y cielos estrellados como no los había visto jamás me reciben con todas sus constelaciones y galaxias. Una noche fría salí a contemplar el cielo, y vi tantísimas estrellas que el cielo me pesó, como si faltara el aire y me fuera a aplastar, sentí hasta un temor instintivo, animal, irracional…pude ver el universo infinito y desconocido en el que vivimos.

Llegué a Antofagasta, tomando la decisión de no desviarme a san Pedro de Atacama, un lugar muy interesante y atractivo, algo turístico, pues no puedo permitirme verlo todo. Este viaje podría durar no una, sino muchas vidas, a cada paso el camino se bifurca, se abre una nueva puerta, y no puedo cruzarlas todas. No veo algunos sitios turísticos, pero transito por muchos lugares que no salen en las guías ni agencias de viajes, auténticos y verdaderos rincones en los que se encierra la esencia de un país y las tradiciones y costumbres de sus gentes. Tras descansar un día en Antofagasta, la ciudad más cara y con mayor renta per cápita de Chile, reanudé la marcha más hacia el norte por la preciosa costa del océano Pacífico entre caletas, pescadores y recolectores de güiro (algas), hasta alcanzar Tocopilla y la actual Iquique, población a la que llegué ayer.

Ahora estoy en casa de mis amigos Jaime y Rosa, aprovechando para disfrutar de las fiestas de la chilenidad (18 de septiembre), actualizar la web y redes sociales, un verdadero trabajo al que tengo que dedicar tiempo de mi descanso, además de reparar el carro y el material, pues cada vez tienen más uso y necesitan revisiones con mayor frecuencia, lavar la ropa…Por delante tengo que alcanzar la población de Arica y, desde ahí, planear el asalto a los Andes, una nueva aventura en ésta difícil e ininterrumpida encadenación de retos. Porque esto es lo nunca visto, sólo atravesar Australia, Asia, Europa o el desierto de Atacama caminando y en solitario son retos aislados dignos de un reportaje, de una película, de un libro. Pero en esta vuelta al mundo los estoy haciendo todos, uno detrás de otro y aparentemente con una facilidad y una discrección tales que a veces me pregunto si alguien se está dando cuenta. Porque lo importante no somos yo ni el reto deportivo sino lo que con él quiero decir:

Sueño con un día en el que al echar la vista atrás, tal y como hoy miramos la Edad Media y el derecho de pernada en el que el rey tenía derecho a acostarse con tu mujer incluso en tu noche de bodas y decimos “¡pero qué barbaridad, cómo era posible!”, igualmente veamos las injusticias cometidas hoy día, la usura de los banqueros, la corrupción e impunidad de los políticos, la destrucción de la naturaleza, las masacres y guerras, el negocio de las farmacéuticas y, en definitiva, todas las aberraciones que produce anteponer el dinero al bien de la humanidad y del planeta que, llevándonos las manos a la cabeza en un gesto de incredulidad, incomprensión y desconcierto, exclamemos: “¡qué barbaridad, pero cómo era posible!”

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LA DICTADURA DEL PROGRESO

Hace poco una amiga me contaba una historia, venía a decir así…”Estaba el pescador tumbado tranquilamente en su hamaca frente al mar, a la sombra, sintiendo la suave brisa, cuando se le acercó el hombre de negocios de la ciudad y le dijo: pero hombre, ¿qué hace usted ahí tumbado sin hacer nada?. Tiene usted que salir a faenar, hay muchos peces que pescar, mucho trabajo que hacer. El pescador se incorpora algo molesto en su hamaca, mientras el hombre de negocios sigue con su argumentación: y cuando haya usted pescado muchos peces y los haya vendido, entonces podrá comprarse una embarcación mayor, tener tripulación a su cargo y poder pescar y vender así aun más pescado. Puede incluso montar una empresa y hasta hacerse rico. El pescador pregunta: ¿y puede saberse todo eso para qué?. Pues para estar bien, hombre, para estar bien: respondió el hombre de negocios. ¡Pues si yo ya estoy bien!: respondió el pescador volviéndose a recostar en su hamaca…”

El avance y el progreso imponen su ley sin respetar otras posturas. Se vive cada vez más deprisa y no se respeta a los que quieren vivir más tranquilos, llenan el mundo de basura y contaminación y no respetan a los que queremos un planeta limpio, saquean la naturaleza y no respetan a los seres que habitan en ella.

Amparados por el falso concepto de “crecimiento económico” llenan el paisaje de feos edificios de hierro y hormigón, mientras la industria contamina los mares, la minería seca los ríos y se come las montañas, las centrales nucleares generan residuos radiactivos altamente contaminantes, fábricas y coches vuelven la atmósfera irrespirable con emisiones de co2, talan los bosques convirtiendo la Tierra en un árido desierto, el aire en las ciudades lleno de ruido, radiaciones, luces y señales eléctricas…creyendo que semejante despropósito es desarrollo y superioridad.

Hay que desenmascarar la falsedad que se esconde tras el argumento, el mito, del “crecimiento económico”. Economía es la gestión de los recursos, y en la actualidad no hay crecimiento sino destrucción. Y todavía hay quien dice con aires de sapiencia que no hay razones para el alarmismo, eso dependerá del respeto, cuidado y amor que uno profese por la naturaleza. Si uno no quiere ver, efectivamente, todavía hay árboles que cortar, animales que extinguir, aguas que contaminar, glaciares y polos por derretir…

El progreso y el avance son inevitables, pero se puede corregir el rumbo, son muchas las direcciones que se pueden tomar, hay otras maneras más respetuosas y equilibradas con la naturaleza de satisfacer nuestras necesidades sin tener para ello que saquear y devastar el planeta. Las autoridades, gobiernos y sociedades del mundo entero deberían empezar a entender que el verdadero progreso, desarrollo y crecimiento han de pasar prioritariamente por el cuidado de la naturaleza y el medio ambiente.

SIN MIEDO

Tenemos el poder de crear la realidad y la libertad de elegir nuestro destino. Creer es la clave, verlo en nuestro pensamiento, visualizarlo, proyectarse e ir a por ello, hacer realidad mediante actos lo que ya está en nuestra mente.

Algo parecido ocurre con el miedo. El miedo es un tipo de creencia que condiciona nuestras acciones y el modo en que vemos la realidad, hasta el extremos de casi provocar o hacer que ocurra eso a lo que tenemos miedo, pues orientamos nuestros actos como si aquello que tememos fuera a ocurrir, y sin darnos cuenta vamos creando la situación, propiciando las circunstancias a las que nuestro temor nos está preparando para reaccionar. Otro ejemplo son las supersticiones, creencias personales de que un fenómeno o acción va a desencadenar otro. Dentro de éstas creencias se encuentran el mal de ojo, el voodoo y cientos de prácticas de las que son presas mentes atávicas.

Yo no digo que estas creencias sean falsas o verdaderas. Serán ciertas en la medida que uno cree en ellas, es incapaz de controlarlas y les da sentido dentro de su mente, proyectándolas luego en “su realidad”. Hay verdaderos casos de sumisión, esclavitud y sufrimiento de personas a manos de hechiceros, brujos y curanderos, así como de milagrosas y misteriosas curaciones. Esto es un indicio o señal del poder de la mente. Es por ello que siempre digo que tenemos el poder de crear la realidad, de escribir la historia, de hacer que las cosas ocurran.

Eso lo saben muy bien los hechiceros y brujos de los tiempos modernos. La educación, los medios de comunicación, la propaganda, la publicidad, son las herramientas para el hechizo y el control, creadores de miedos y necesidades, creadores de opiniones y tendencias, creadores de realidad. Pero realmente no hay nada que temer…

Creed en vosotros mismos, romped el hechizo y sed libres. Volad alto, no sabéis lo maravilloso que se ve el mundo desde aquí arriba.”

PUZZLE

Me encuentro fuerte. Estaba buscando retos y ahora los tengo delante. El desierto de Atacama es inevitable, cruzar los Andes a Bolivia un gasto de energía que no sé si me podré permitir. No sé a dónde voy a llegar. No sé a dónde quiero llegar. Qué me deparará el destino, qué me tiene guardado el camino, a qué profundidad voy a cavar, a qué dimensión voy a llegar…Este viaje es un sueño. Era un sueño, y sigue siéndolo. El universo humano en un solo camino, el abanico de la especie humana abierto ante mis ojos con todos sus colores, olores, sabores y sonidos. Y van desfilando todos ante mí como en un baile, y yo voy pasando por todos ellos, y me van envolviendo, me quieren atrapar, pero yo paso raudo. Este viaje podría durar, no una, sino muchas vidas. Es tan mágico el mundo, tan cautivador, me hechizan sus culturas, y la historia llena de rincones y secretos. Tantas caras del prisma, tantos pliegues, tantos reflejos, tantos tesoros por descubrir. Y yo voy caminando con mis propios pies, y a mi tiempo, recorriendo el mundo, los países, las culturas, los idiomas, las vestimentas, las comidas, las casas, las músicas, las monedas, los rasgos, los gestos, los paisajes…todos, como si fueran un regalo, como si fueran un milagro, como si fueran un sueño…decidme, ¿no es acaso todo esto un sueño?, ¿quién ha pintado el mundo?, ¿alguien sabe algo?, ¿hay alguien ahí?. No sabemos nada, necesitariamos una vida entera para desgranar el significado completo de un solo fenómeno, pero el tiempo pasa, y no tenemos tiempo ni profundidad. Somos livianos y viajamos por el espacio como partículas insustanciales. Podríamos adoptar cualquier forma, podríamos estar hechos de cualquier elemento, de hecho lo estamos. Un día venimos y otro nos vamos. Todo cabe, todo es posible. No sabemos nada. Sólo somos piezas en un puzzle de millones de piezas, pero todos y cada uno de nosotros albergamos todos los secretos y misterios del universo al que pertenecemos, y que desconocemos.

AHÍ NO HAY NADA

Recuerdo, al llegar al aeropuerto de Darwin (Australia), mientras revisaban mi equipaje buscando restos de barro y semillas, que le comentaba a la policía de aduanas mi intención de atravesar caminando el país. Me miraban con ojos de incredulidad, y me decían que en el interior de Australia no había nada que ver, tan sólo “lots of nothing” ( montones de nada). Por aquel entonces yo pensaba que “hombre, algo habría…”

Igualmente, en la oficina de turismo de Darwin a la que me acerqué el mismo día de mi llegada para recabar información y dejar constancia de mi aventura, me dijeron que tuviera cuidado porque no había nada en el interior y todos los años morían turistas. El caso es que la misma recomendación se repitió varias veces por diferentes personas. Sin embargo, yo crucé Australia caminando y en su interior pude observar que sí había cosas.

Había serpientes, aves, canguros, insectos, ganado, dingos y hasta algún camello, camiones, motoristas y parejas viajando en caravana por carreteras infinitas hasta el horizonte, allí donde la Tierra se une con el cielo. Había inmensas noches estrelladas de magia y misterio, viento, silencio y soledad. Había monólogos, conversaciones conmigo mismo, recuerdos. Había preguntas, y respuestas, secretos, tesoros y verdades. Había tranquilidad, un lugar del mundo sin interés ni nada que ver en el que lo único que se puede hacer es pasar raudo, porque no hay casas, ni tiendas, ni bares, ni centros comerciales, ni talleres, ni cines, ni agua, ni wifi, ni cobertura, ni gente. Pero yo pasé por ahí lentamente, caminando, a otro ritmo, otro tiempo, y sí había cosas. Hubo un gran reto, esfuerzo y lucha, hubo hambre y sed, satisfacción, y gloria, curiosidad y conocimiento, nubes y poemas. Ya lo creo que hubo cosas, tantas que luego cada vez que llegaba a una población me parecía que era ahí donde no había nada.

 Hoy es mi primera noche en el desierto de Atacama (Chile). Hay algo magnético, atractivo y cautivador en el desierto. Me gustan los paisajes desolados en los que aparentemente no hay nada y, precisamente por eso, me enfrentan o me encuentro conmigo mismo. Porque la mente va con el paisaje y no hay nada con lo que distraerse, no hay ruidos, sólo tú y la vasta y solitaria inmensidad, como si estuviera uno mismo ahí esperándole desde siempre sentado en una roca bajo el sol, o las estrellas. Algo hay en el desierto que, pareciendo que no hay nada, muchos fueron a buscarlo…

LA CULTURA DEL COCHE

Los coches, y la tecnología en general, otorgan un poder al humano para el que muchas personas no están preparadas. Esto provoca que a veces, por ejemplo, no sepas si al volante de un vehículo va una persona o un mono. Un coche es una herramienta peligrosa y más compleja que simplemente pisar un acelerador y un freno. Exige responsabilidad, atención, madurez y sentido común, algo de lo que carecen muchas personas. Los exámenes que conceden el permiso para conducir deberían ser más difíciles, tal que sólo una persona prudente, respetuosa y civilizada, madura mentalmente, y que además conociera el código de circulación y la mecánica del automóvil lo aprobara, aun yendo esta medida en detrimento de la venta de automóviles, el negocio de las aseguradoras y el mercado del petróleo.

La carretera es un espacio común y compartido por el que, salvo autopistas, tienen derecho a circular automóviles, camiones, ciclistas, tractores, peatones, autobuses, motocicletas, y hasta caballos tirando de un carro. Es por ello que el respeto y la prudencia han de ser dos máximas fundamentales de la conducta en la carretera. Conducir bien no es esquivar obstáculos a la distancia mínima como para no golpearlos, ni acelerar, pitar y recriminar al otro que se aparte. Conducir bien es llevar una velocidad prudencial a la que dé tiempo a frenar, reaccionar o mantener una distancia de seguridad según el caso. Hay energúmenos que al volante de un vehículo se creen los dueños de la carretera, poderosos manejando una máquina que han fabricado otros, imitando a la perfección la pose del personaje del anuncio o la película, desaparece cualquier indicio de sentido común, respeto y responsabilidad de sus cabezas y se convierten en un auténtico peligro.

Estamos llenando el mundo de carreteras, asfaltando la Tierra, cubriendo la vida con una capa de alquitrán para que puedan circular los santos coches, coches en los que la inmensa mayoría de las veces  va sólo una persona. El coche no debería usarse si al menos no van dentro dos o tres ocupantes. Hace tiempo vi un estudio que revelaba que la velocidad media de un automóvil en ciudad es de 19 kilómetros por hora, yo voy más rápido con mi bicicleta. Hay países como Australia donde, en los cruces entre carreteras y aceras, tienen prioridad los coches, es decir, la persona que va andando tiene que parar y cederle el paso al coche, tiene narices. En otros países el peatón ha de detenerse también porque, aun teniendo prioridad en los pasos de cebra, el conductor no lo suele respetar y uno corre el riesgo de ser atropellado. La primera causa de muerte entre viajeros y turistas no son los accidentes aéreos, los asesinatos a manos de bandas armadas, la práctica de deportes de riesgo y aventura, las picaduras de serpientes venenosas o la malaria, no, son los atropellos y los accidentes de tráfico. En Asia la polución de los vehículos es muy alta, hay mucha población, muchos coches y muy antiguos expulsando un humo negro y pestilente que satura la atmósfera y te llena los pulmones de hollín.

Yo les digo, vayan a los sitios caminando y en bicicleta. Es más sano, más ecológico, más barato y, a veces, incluso más rápido. Y a las autoridades, gobiernos, ayuntamientos y ministerios de obras públicas, hagan carriles-bici, pongan duchas en los trabajos y aceras en las calles, construyan las carreteras con arcén sin excepción, además de pensar en el bolsillo de los fabricantes de coches, aseguradoras y gasolineras, piensen en los ciudadanos y en el medio-ambiente, den la oportunidad de ir a los sitios de un modo saludable, trabajen por un mundo más limpio. Además, no saben la de muertes de peatones y ciclistas que evitarían.

Hace unos días vi en el telediario que el 40% de los muertos en accidentes de tráfico son peatones, escalofriante. Lo indignante de la noticia era que echaba la culpa al peatón, hay que joderse, por ir hablando por el móvil y cruzar fuera de los pasos de cebra. Digo yo que el peatón no se mete solo debajo del coche, sino que lo atropella un conductor que también va hablando por el móvil, que se salta los semáforos en ámbar y rojo, que va a una velocidad superior a la permitida, que conduce borracho, que se despista, se duerme e invade el arcén, que no pone atención y golpea al ciclista con el espejo retrovisor, que va comiendo, eligiendo música, dando palmas o haciendo de todo menos lo que tiene que hacer: prestar atención. Y aún en el hipotético caso de que el conductor cumpliera la norma no creo que eso lo diera razón para atropellar a nadie, se trata de una vida, y yo confío en que todavía haya un rayo conciencia y cordura entre tanto automatismo.

Los coches hacen ruido, contaminan y llenan el aire de CO2. Cuando ves una ciudad desde fuera se ve una boina de aire amarillo sobre ella de suciedad y contaminación. El coche no es más que otro ejemplo de la dictadura del progreso, tal que el que tiene un coche grande se cree superior al que tiene uno pequeño, y ambos se creen superiores al que va andando, lo cual evidencia que apenas hemos evolucionado desde el simio. Yo reivindico mi derecho a salir a la calle y no tener que respirar el humo de los coches.

ESCRITO EN SIDNEY

Hola amigos, familiares y gente del mundo, ayer llegué a Sydney tras 86 días y más de 4000 kilómetros de travesía ininterrumpida, a pie y en solitario por el interior de Australia. Ahora, contento y cansado, estoy en casa de unos amigos aprovechando para actualizar todo el trabajo que se me ha ido acumulando durante este tiempo “desaparecido”  y preparar el salto a América.

Como os contaba en el anterior texto que os escribí desde Winton, “Australia salvaje”, planteé recorrer por temas de visado la distancia que va de Darwin a Sidney en menos de tres meses, lo que implicaba caminar una media de 50 kilómetros todos los días y en las condiciones que fueran. Un reto duro que no sabía muy bien cómo iba a resolver, a base de coraje y esfuerzo, sin dudas.

“No trates de retenerme pequeña, he de marchar,

tengo un largo camino que recorrer,

¿oyes el aullido del viento en la ventana?, es el destino que me llama,

tengo asuntos que resolver.

No te preocupes por mí pequeña, todo va a salir bien,

las águilas velarán mis pasos y estaré pronto de vuelta.

Tan solo, cuando veas el sol despuntar al alba,

piensa que estaré ahí por ti.”

Abandoné Darwin el 24 de abril rumbo hacia el sur por la Explorers highway, tras un par de días en esa ciudad y con temperaturas superiores a los 40 grados, lo que me obligaba a beber entre 5 y 6 litros diarios de agua. No olvidemos que el norte de Australia está cerca del ecuador y en esas fechas todavía hace bastante calor. Pasé por poblaciones como Noonamah, Pine creek, Katherine, Mataranca, Larrimah, Elliot, Renner Springs…cada vez más distanciadas mientras iba aprovechando para aclimatarme a estas nuevas condiciones, pues hay un verdadero cambio al pasar de Asia a Australia. Menciones a la segunda guerra mundial y la invasión de los japoneses con asentamientos de batallones y pistas de aterrizaje, algunos ciclistas y motoristas de ruta por Australia, miles de termiteros (algunos vestidos con ropa), el color rojizo de la tierra, cacatúas, águilas y algunas serpientes entre los arbustos, noches en duerme vela atento a los sonidos en la oscuridad, los primeros road-trains, algún pueblo minero…fueron la tónica de estos primeros días hasta Three Ways, más de 900 kilómetros tomándole el pulso a este nuevo continente y con la sensación de caminar mucho y avanzar poco, apenas había recorrido una parte mínima del itinerario total. Con Australia ocurre que como es una isla, un sólo país y está al otro lado del planeta, cuyo tamaño comparamos con la gigante Asia, parece pequeña, pero en realidad sus dimensiones no son mucho menores a las de Europa.

Hasta entonces había ido tranquilizando mi temor a los cocodrilos, no vi ninguno en toda mi travesía, pero por si acaso tampoco acampé en la orilla de ningún río. Este primer tramo a través del Northern territory trascurre entre árboles y recuerdo que me gustó la facilidad para acampar, es totalmente libre la acampada, obviamente bajo tu riesgo y responsabilidad. También es un gusto poder observar los cielos repletos con millones de estrellas, no hay contaminación de ningún tipo, y es fácil ver la vía láctea y constelaciones completamente diferentes a las del hemisferio norte. En este sentido, llamó mi atención que, si bien en el hemisferio norte decimos que la luna es mentirosa porque si tiene forma de “C” es que decrece y si tiene forma de “D” es que crece, eso no ocurre en el hemisferio sur, aquí si tiene forma de “C” crece y si tiene forma de “D” decrece. De hecho a veces puedes observarla como un cuenco, con forma de “U”. Algo que también me ocurrió fue cierta desorientación con el sol, acostumbrado toda la vida al hemisferio norte, hizo que algunos días llegara a sentir hasta cierto mareo en mitad de las vastas extensiones, incomprensión de hacia dónde estaba caminando, por dónde había salido el sol. Cuando avanzas hacia el este en el hemisferio norte, el sol te da de frente por la mañana, pasa por tu derecha a mediodía y te da por la espalda al atardecer. A la altura del ecuador pasa justo por encima de ti, y en el hemisferio sur pasa por tu izquierda. Cuando avanzas hacia el sur en el hemisferio norte, el sol te da por la izquierda por la mañana, de frente a mediodía y por la derecha al atardecer siempre en la cara, mientras que en el hemisferio sur te da por la espalda con lo que te tienes que proteger menos de los rayos. Además, al ser invierno en el hemisferio sur en estas fechas el sol traza un recorrido más bajo y cercano al horizonte, con lo que había días que mi sistema biológico de orientación estaba realmente desconcertado.

“¿Qué te aferra a la vida?,

un latido,

un suspiro,

un hilo invisible…

Y al final de todas las cosas, cuando la razón y la palabra desaparecen llevándose consigo cualquier indicio de explicación lógica, eso es lo que te mantiene en pie y te empuja a seguir adelante, un impulso primario, la última voluntad, el grandioso misterio y a la par simple y básico motor de la vida.”

Otra cosa estupenda de pasar tanto tiempo a la intemperie son los sonidos de las aves, en Australia hay una gran diversidad y desde el amanecer hasta los últimos rayos del día caminaba entre el canto de los pájaros y las bandadas de loros, cotorras e infinidad de especies nuevas. Cada especie nueva que veía era como un descubrimiento, por supuesto, mis primeros canguros. En el territorio del Norte vi “wallabis” que son unos canguros pequeños. El primero de ellos fue una mañana al salir de la tienda, abrí la puerta y lo primero que vi fue un wallabi saltando entre los arbustos. Vas también pensando si en Australia conocen las curvas, pues prácticamente durante todo el Northern territory las carreteras son una recta infinita hasta el horizonte por la que caminas y no tienes la sensación de avanzar, y en menudo valor le echaron los primeros exploradores que se adentraron en este territorio hace ya varios siglos.

A partir de Three Ways, 24 kilómetros antes de Tennant Creek, la travesía torna más difícil. Giré rumbo al este  por la Overlanders Highway, desaparece la vegetación y en 420 kilómetros tienes sólo una casa, la “Barkly homestead roadhouse” de camino a Cammoweal y a lo que ya es la frontera con Queensland. Miles de moscas harán aparición y un viento de frente fuerte y constante harán que lo tengas que dar todo día tras día, además de los más de 70 kilos que pesa el equipaje (cargado con el agua y la comida para sobrevivir varios días) y las distancias maratonianas. Son días solitarios donde lo único que hago es caminar con ampollas en los pies de sol a sol, profundizar en mi universo, recurrir a técnicas de distracción y fundirme con el paisaje. Afortunadamente, hay mucho viajero, sobre todo parejas mayores en caravana recorriendo el país, y muy buen ambiente en la carretera. Se sabe que es difícil recorrer Australia, las distancias sin abastecimientos son muy largas y en caso de necesitar ayuda siempre va a haber alguien dispuesto a hacerlo. De hecho, los 4x4 suelen llevar cajas con provisiones, comida, agua, gasolina en la vaca del techo, y a veces podías ver alguna caja que se había caído con el contenido esparcido por la carretera. Una vez me encontré una bolsa de patatas fritas en la cuneta de la carretera, como si alguien la acabara de dejar, limpia, intacta y con la fecha de caducidad todavía por delante, así que la cogí y me di un capricho. Ocurrió que era de patatas fritas a la sal marina y el vinagre y me tuve que beber casi una botella por la sed que me entró. Me guardé media bolsa para la cena y estuve dos días con la lengua como un trapo.

Otra vez vi un control de tráfico a lo lejos con la policía, las luces y los coches y camiones detenidos. Conforme me iba acercando, cosa que me llevó una hora pues estaba a mitad de una recta larguísima, pensaba que saludaría y continuaría mi marcha. Sin embargo, cuando alcancé el control, un policía me hizo una señal como si fuera un coche indicándome que aparcara a un lado. Después de miles de kilómetros caminando, me sorprendió tanto que lo primero que le dije al agente era si estaba de broma, a lo que me respondió que no y me dio unas indicaciones sobre cómo caminar…Ocurre que en Australia las distancias entre poblaciones son tan grandes que nadie va caminando, por lo que hay un vacío legal en este sentido, por ejemplo, no está contemplado que tenga que haber una distancia de seguridad y los coches suelen tener preferencia sobre los peatones.

Una vez alcanzado Cammoweal, entras en Queensland y comienza a haber alguna población más. Atrás quedaba el territorio del Norte, sin agua, comida, cobertura ni wifi y en el que estuve desaparecido más de un mes. Recuerdo que me avisaron de las montañas y fuertes pendientes que me encontraría en Mount Isa, pero claro, Australia es tan sumamente plana que cuando hay una ligera ondulación lo llaman montaña.

“Hay una nube de huesos en el cielo,

es el esqueleto vertebrado del rey lagarto

que yace tumbado junto al Sol.

Hay una carretera en la Tierra larga hasta el horizonte,

son las carreteras del alma y el conocimiento,

por ellas va el caminante solitario, paso a paso,

cada vez más lejos, más lejos, más lejos…

Y los mejores poemas son los que se lanzan al aire y

porque nadie los recoge

se los lleva el viento.”

En Mount Isa tuve la suerte de realizar una entrevista para el periódico “North West Star” y posteriormente para la cadena ABC Radio de Longreach por lo que los coches me saludaban y paraban a intercambiar conmigo unas palabras. Cada vez más vegetación y ya cerca de dos meses caminando sin interrupción con una sensación de cansancio creciente. Además, los elevados precios de la comida y el hecho de que no tenía camping gas hicieron que me pasara prácticamente toda la travesía comiendo comida fría, fruta, embutidos, peanut butter, dátiles, latas de sardinas y baked beans…

Atravieso extensas llanuras por carreteras que se pierden en el horizonte, montañas, junglas, bosques, desiertos, ciudades, recorro países y continentes con la sola ayuda de mis pies. La naturaleza me hace entrega de su poder y una poderosa energía corre por mis piernas montaña arriba y montaña abajo, ¿será mi genética, mi espíritu, mi destino? Miles de sensaciones cruzan mi mente a lo largo del día y al caer la noche, tumbado bajo el inmenso cielo estrellado, sólo una, la más grande de todas: la libertad.

A partir de Queensland fui pasando por las poblaciones de Cloncurry, Kinuna, Winton, Longreach…poblaciones distanciadas que poco a poco van dando paso a una mayor concentración de asentamientos y población. Muchos canguros vivos y atropellados llenando la calzada de restos de sangre y un olor pestilente a animal muerto. Avestruces, camellos que trajeron de Pakistán hace años, cacatúas, pelícanos, erizos…rebasando la mitad del recorrido del itinerario por Australia y calculando si llegaría a Sidney a tiempo antes de que expirara mi visado el 22 de julio.

Entré en New South Wales a través de la población de Barringun el 26 de junio y me fui acercando a las Blue Mountains. Si bien llegué a Australia en abril y al Northern Territory con bastante calor y bebiendo 5 litros diarios de agua, conforme fui avanzando hacia el sur y aproximándome a Sidney iba entrando el invierno y cada vez hacía más frío. Mañanas con la tienda congelada, el carro cubierto por una capa de escarcha y un viento gélido en contra fueron la tónica hasta que llegué a Sidney tras 86 días de travesía. Dingos aullando alrededor de mi tienda durante varias noches, cielos completamente estrellados en el más absoluto silencio, los peligrosos roadtrains, una fauna completamente nueva y peligrosa, un buen ambiente de carretera, escasez de agua y comida…conformaron el gran reto australiano que fui doblegando poco a poco y paso a paso.

Había rebasado el ecuador del viaje, comenzaba como quien dice la vuelta a casa. El 21 de julio volaría a Santiago de Chile para reanudar la marcha por el que ya es mi cuarto continente: América.

DATOS CURIOSOS DE LA TRAVESÍA POR AUSTRALIA

Tiempo empleado: 91 días / 3 meses (22/04/14 - 21/07/14) de los que no he caminado 5 días.

Distancia caminada: 4024 kilómetros.

Velocidad media: 46,79 kms/día

Altitud máxima: 1300 metros en Mt Victory. (Blue mountains)

Distancia máxima recorrida en un día: 60kms.

Países: 1 (Australia)

Dinero gastado: 1500 euros.

Zapatillas: 1 par

Cubiertas del carro: 1 par en ruedas traseras.

Noches acogido gratuitamente en casas: 5

Noches en camping/backpackers: 4

Noches en tienda de campaña: 82

Ampollas: 6

Ahora os escribo desde Santiago de Chile, ciudad a la que he llegado hoy procedente de Sidney (Australia), y a las puertas del que es ya mi cuarto continente: América, que recorreré de sur a norte por la ruta panamericana. A la vista, de camino a Bolivia y Perú, tengo el desierto de Atacama y los Andes…la aventura continúa.

AB-ORIGEN

Uno de los peligros sobre los que me avisaron antes de llegar a Australia, además de la fauna salvaje y las largas distancias sin agua, fue el de los aborígenes, sobre todo en poblaciones al interior, gente no muy grata con turistas y viajeros, pues ellos son los primeros habitantes de la isla y sienten que el hombre blanco les ha invadido y se ha apropiado de sus tierras. El alcohol tampoco mejora la situación ya que les gusta beber pero su organismo no lo asimila bien y andan buscando bronca y reyerta. Mi preocupación giraba en torno a los robos y la violencia armada.

Ya en Darwin, al norte del país y recién llegado, pude observar por primera vez aborígenes australianos, de piel morena, facciones toscas y piernas finas. Me llamó la atención que eran feos, con narices gordas y rostros como hinchados y poco simétricos, como si hubieran nacido de la misma tierra, como un árbol, un tubérculo o un termitero, un estadio anterior en la evolución humana.

Conforme fui avanzando hacia el sur y adentrándome en el país, pero todavía en el Territorio del Norte, podía verlos en la distancia sentados en grupos en los parques de los pequeños asentamientos que hay a lo largo de la Explorers Highway, en torno a los baños públicos o comprando en los supermercados. Una vez me detuve en un centro cristiano a llenar unas botellas de agua antes de proseguir la marcha y adentrarme de nuevo en tierra de nadie y me volvieron a recordar que tuviera cuidado más al sur con los aborígenes, que no tenían nada que ver con los que de momento estaba viendo al norte.

Pasaron los días y, si no recuerdo mal, en una población llamada Elliot intercambié mis primeras palabras con uno de ellos. Estaba en los baños, en la parte trasera de una gasolinera, y se acercó a pedirme fuego. Yo llevo un par de mecheros así que le tendí uno, prendió su cigarrilo y acto seguido me dijo que había estado en España. Yo me quedé un poco desconcertado, no me acababa de creer que hubiera estado en España pero, sobre todo, no sabía por qué me dijo eso, cómo había adivinado que yo era de allí. Le corté la conversación, pues estaba ocupado en ese momento lavando ropa, terminando de ducharme, llenando unas botellas de agua y no me quería entretener, el sol estaba bajando y aún debía buscar un lugar para acampar. El caso es que me quedé dándole vueltas a cómo descubrió que yo era de España, todavía hoy lo pienso y me intriga.

Ya apenas volví a ver más aborígenes en el Northern Territory y, prácticamente, ya casi no vi a más gente durante cientos de kilómetros. Alcancé Queensland y, al cabo de las semanas, New South Wales. En la primera parada, Barringun, una mujer me avisó de que tuviera cuidado cuando alcanzara la población de Bourke con los aborígenes y los robos, recomendación que reiteraría la bibliotecaria de la biblioteca pública del pueblo. Agradecí los consejos, el caso es que cuando llegué a Bourke no sólo no tuve ningún problema con los aborígenes, es que ni siquiera los vi.

Hace unos días, a la entrada de Bathurst, ya al atardecer y acabando la jornada proveniente de Orange se detuvo a mi lado un coche con un hombre al volante y un chico, de unos 20 años y que debía ser el hijo, de copiloto. Bajaron la ventanilla y pude apreciar que eran aborígenes, el hombre me preguntó si venía andando desde Orange, la anterior población, que me había visto andando por la carretera hacía unas horas. a lo que le respondí que sí. Me dijo que era muy fuerte, con una expresión de admiración, supongo porque distan unos 45 kilómetros con subidas y bajadas. Entonces le dije que en realidad venía caminando desde Darwin. Me preguntó: ¿Darwin?, como si no hubiera oído bien, y asentí. Entonces cambió la expresión de su rostro, como si de repente se hubiera detenido el tiempo, sus ojos se clavaron en mí, mirándome desde lo más profundo de su cerebro, como si en apenas unos instantes estuviera comprendiendo todo el esfuerzo realizado, imaginando las batallas diarias contra el viento, las carreteras infinitas hasta el horizonte, las noches estrelladas, las horas de soledad, las águilas mostrándome el camino desde las alturas, la sed, el frío y el hambre, los dingos aullando en torno a mi tienda, las lecciones del camino, empapado bajo la lluvia, los paisajes mentales y penurias por las que pasé, y con una voz que ya no parecía la suya y que salía de lo más hondo de su espíritu, en otro plano de comunicación, me preguntó queriendo comprender: ¿por qué?. Yo sé a qué se refería con esa pregunta y le respondí: porque caminando me siento libre. Volviendo a la realidad me dijo: si lo tuviera te daría un regalo. Le di las gracias por sus palabras, nos despedimos con una fraternal sonrisa y continuamos cada uno con nuestro camino. Yo no se lo dije, pero la comprensión y la profundidad de su mirada fue el mejor regalo que me pudo haber hecho. Sentí que se aproximaba a sentir lo que este viaje supone, exige e implica, fue su reacción natural y tuvo el detalle de hacérmela saber.

Han sido dos ocasiones las que he hablado con aborígenes, pero con sólo unas palabras me han dado la sensación de tener un mundo interior más mágico y humano que muchos de los blancos con los que me he cruzado en el camino, con los que se supone que debería tener más cosas en común y que, al saber lo que estaba haciendo, lo único que se les ha ocurrido es hacerme una foto y soltar un chascarrillo.

Entonces caigo en la cuenta de que mi lucha es la lucha del aborigen, del indígena, por mantener las raíces que le ligan a la Tierra y a las estrellas, por consevar la magia y la belleza de un mundo que nos están robando.”

EXTRAÑA CIVILIZACIÓN

"Llevo ya un año y cuatro meses caminando por el mundo prácticamente a la intemperie todo el tiempo, día y noche al aire libre expuesto a los elementos, al frío, a la lluvia, al calor, al viento, a las tormentas, a las heladas, a levantarme con el sol y dormir bajo las estrellas, a los animales, a las largas distancias, al dolor de pies, a la soledad, un camino por el que me voy poco a poco asilvestrando y haciendo a la vida salvaje a pesar de que todavía necesito la civilización y de vez en cuando, bien por necesidad, bien porque no me queda más remedio, me adentro en una población en busca de provisiones y unas comodidades. Son las necesidades que todavía me atan a una civilización que cada vez me resulta más extraña.

Conforme me voy acercando a una ciudad comienzo a notar un tráfico cada vez mayor, prisas, ruido, jaleo, el aire está más sucio y contaminado, la gente está más tensa y ya muchas de las actividades que realizan comienzan a parecerme absurdas. Los coches aparcando justo en los huecos pintados, apretar un botón y esperar a que se ponga verde el muñeco para cruzar por la zona de rayas, un operario de la contrucción barriendo el polvo que se lleva el viento, los escaparates con las últimas tendencias en moda, gimnasios…como si me adentrara en una maqueta en la que todo está perfectamente controlado, donde las normas de convivencia y civilización fueran comandos programando máquinas, y tengo la sensación de que nos comportamos como autómatas sin libertad.

Paseo por la acera y a mi lado pasa un coche con las ventanillas bajadas, música electrónica y gente joven con una actitud y unas pintas que no sé de dónde las han copiado. Paso frente a un concesionario de coches deportivos y de lujo y no siento la más mínima fascinación, sino más bien rechazo. Veo la televisión por unos segundos tras varios meses sin verla y compruebo que todo sigue absolutamente igual, y que con lo que he visto ya tengo para varios meses más. Entro en un supermercado o en un centro comercial y tengo la sensación de entrar en una nave espacial, lleno de luces, colores, sonidos y miles de productos organizados en estanterías a lo largo de pasillos, con aires acondicionados y calefacciones, que salgo de ellos aturdido y congestionado deseando volver a perderme en la naturaleza con mis montañas, mis águilas y mis estrellas.

Comienzo a discernir el carácter de cada especie en su conducta, las distantes y precavidas águilas, los territoriales cuervos, los nerviosos caballos salvajes, el erizo huraño, las juguetonas y ruidosas cacatúas, los huidizos canguros…Hasta creo empezar a entender qué dicen los pájaros al amanecer con su jolgorio desde los árboles, o revoloteando contentos tras una noche helada en el hueco de algún tronco celebrando el nuevo día, el mugido tranquilo de la vaca que vuelve al establo al atardecer, o el ancestral sonido de los rumiantes en la fría noche bajo el cielo estrellado, el juego de las mariposas revoloteando bajo el sol, hasta en el zumbido de las moscas a mi alrededor me ha parecido distinguir una conversación, observándolas en formación sobre mi carro con las cabezas orientadas hacia el viento como si fueran un batallón, o viendo como las moscas pequeñas se alejaban cuando de repente llegaba una grande, se posaba en la lona de mi carro e inspeccionaba la zona como si fuera un matón imponiendo su jerarquía.

Son ya 19 países en mis piernas, 3 continentes, cerca de 19.000 kilómetros en los que he atravesado junglas, montañas, bosques, ciudades…la barba puebla mi cara, los pies endurecidos, el cuerpo se habitúa a la tarea de caminar, he de estirar y realizar ejercicios para desentumecer articulaciones que se van petrificando como se llena de nudos el árbol que crece a la intemperie sacudido por los elementos. He caminado bajo la lluvia, con el viento en contra, bajo el sol abrasador, con ampollas en los pies, he pasado hambre, frío, miedo, soledad. He dormido bajo los rayos en la tormenta, en bosques con osos y lobos, con dingos aullando alrededor de mi tienda. Alejándome de mi país con cada paso que doy, cada vez más lejos de mi cultura y la civilización con cada kilómetro que avanzo, adentrándome por senderos inexplorados libre como un águila, salvaje como un lobo.”

LUCHADOR Y VALIENTE

Dedicado a todas las personas valientes que luchan a lo largo y ancho del mundo y sacan fuerzas de donde no las hay por sobrevivir al infierno de las guerras, que luchan en su día a día por superar o convivir con una enfermedad, que se juegan la vida saltando alambradas y cruzando mares en embarcaciones ridículas por un futuro mejor, por llevarse un plato de comida a la boca, por salir del pozo de las drogas, que dedican su tiempo y su esfuerzo a trabajar por un mundo mejor.

Dedicado a todos los padres que luchan por sacar una familia adelante, porque no hay mayor aventura ni mayor gesto de amor que tener hijos.

Dedicado a todas las personas valientes que luchan sin excusas por abrirse paso ante las dificultades con el mismo impulso con el que se abre paso la vida. El mundo está lleno de miles, millones de héroes anónimos y ellos para mí son ejemplo y parte de mi inspiración y mi fuerza.

EN PAZ

Soy libre caminando por el mundo, rumbo siempre a un nuevo horizonte. Sé dónde me levanto pero no dónde voy a dormir cada noche…todas las mañanas recojo la tienda bajo un cielo diferente.

Me levanto al alba con el canto de los pájaros, cuando el cielo comienza a clarear, y cuando el sol despunta sobre el horizonte yo ya estoy caminando. La brisa mece los campos dorados de espigas y las copas de los árboles con su rumor de hojas. Las águilas me muestran el camino allá arriba, dominando el mundo desde las alturas, mientras mariposas, escarabajos y saltamontes se cruzan en mi camino. Colinas y mesetas, viejas y desgastadas montañas majestuosas en otra época, ven pasar al caminante por las llanuras de dios, por las largas carreteras de la vida proyectando su larga sombra al atardecer, viviendo su destino a su ritmo.

Cada mañana me invade la fuerza de un nuevo día, pero cada noche, cuando el sol se esconde tras el horizonte y los pájaros entonan sus últimos cantos desde sus nidos, yo me refugio solitario en el mío, en mi tienda de campaña, en mi casa móvil, en mi burbuja de los sueños en mitad de ningún sitio y camino a ninguna parte bajo la inmensa cúpula del universo, bajo millones de estrellas titilando como cascabeles en un mundo de magia, amor y belleza sin igual, cantando una melodía cifrada hecha de rayos y haces de luz que han surcado el universo a través de los siglos sólo para mí, y están diciéndome algo…

Entonces caigo en la cuenta, y lo entiendo todo. Las estrellas están entonando una canción de notas infinitas que se encienden y se apagan formando una melodía, la melodía más hermosa del mundo capaz de ser escuchada sólo con el corazón. Y yo, que me siento muy pequeño ante semejante espectáculo, le pregunto a las estrellas: ¿qué somos?. Y ellas me responden: lo que tú quieras. Y entonces, sonrío feliz porque ahora mi alma es libre de verdad y sé que puedo dormir en paz.

INEVITABLEMENTE

"Lo que yo escribo no es un invento, es un descubrimiento,

me lo baila el fuego y me lo susurra el viento,

ya estaba escrito en el cielo desde la noche de los tiempos

y conforme voy caminando lo voy leyendo.

Está escrito en las estrellas,

en el canto de los pájaros,

es la magia del mundo,

el misterio del firmamento.”

Esto es una vuelta al mundo caminando por la Naturaleza y el planeta Tierra, no una campaña de publicidad ni un producto en venta. Yo no tengo nada que vender. La mar no se vende. Lás águilas no se venden. Un árbol no se vende. Las estrellas no se venden. La poesía no se vende, aunque hay quien la utiliza para venderse. El amor no se vende. Lo que es rotundo no necesita venderse porque es, inevitablemente.

Cada mañana salgo a caminar, algo tan necesario ya como el respirar, tan natural como sale el sol, él pasea por el cielo y yo lo hago por la tierra hasta el anochecer.

El viento me va trayendo ideas, reflexiones, sensaciones, todas las piezas caen en su sitio en mi mente mientras voy quitándole capas a la cebolla del pensamiento hasta llegar al núcleo, a la raíz, al corazón, y quedarme con la esencia. Hay un camino en el que todo ocurre como si ya estuviera escrito, un camino en el que la mente tiene el poder de hacer que las cosas ocurran, un camino de paz y equilibrio, de luz y conocimiento.

Voy caminando por los senderos de la vida como cantan los pájaros, como crece la hierba, como sopla la brisa, tan natural como cae la lluvia y fluyen los ríos rumbo al mar. He recuperado mi olfato y mi instinto y no tengo más que caminar, que respirar, que ser. Soy un canal por el que se comunica el universo, un ser libre en comunión con la naturaleza.

Vivo con los elementos, día y noche adentrándome hacia rutas salvajes,  por senderos inexplorados, por sendas rara vez recorridas. Y yo cada vez vuelo más alto, cavo más profundo, estoy más lejos. No hay nada que vender ni de lo que convencerse. Hay un camino a mis pies que no sé dónde me llevará, una verdad eterna e inalterable que me ofrece sus secretos, y no tengo más que ir viviéndola, descubriéndola, sencillamente, como no podía ser de otra manera.”

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ESTOY

Yo estoy en cada amanecer, y en el cielo azul de primavera bajo el que juegan los niños, estoy en el canto del pájaro, jolgorio al atardecer, y en la noche estrellada de tus sueños de verano, estoy en el calor del hogar y en  la magia del fuego templando las manos y las miradas, llenando el aire de amor y de misterio, estoy en la respiración contenida de un bosque nevado, en la huella silenciosa del armiño blanco y en el copo invernal que se desprende de la rama cuando un rayo de sol lo toca con sus dedos, estoy en el olor que desprende la fruta madura, en la hoja que cae justo cuando tú pasas y en la crujiente vereda de la foresta en otoño, estoy en la risa del río y en el rumor de los árboles mecidos por el viento, estoy en la espiga combada dulcemente por la brisa y en la luz de la luna hechizando con su halo el mundo entero, estoy en el baile de la llama de una vela y en el cascabel de un duende. Como Walt Whitman en su “Canto a mí mismo”, estoy en los rincones secretos y umbríos, en la sencillez de las cosas pequeñas y en el misterio del universo, estoy en el gato que juega con el ovillo de lana y en la tela de araña pintada con gotas de rocío, en el aroma del pan recién hecho, en las caricias de amor bajo las sábanas y en el agua tibia resbalando desde el cántaro sobre la piel desnuda.Estoy en el significado completo y profundo de cada palabra, en cada partícula flotando en el aire, en la sutileza de un suspiro, de una pausa, de una coma, en el matiz de una sensación, en el primer rayo despuntando al alba sobre el horizonte cada amanecer. Estoy en el orden natural de las cosas, en el gorrión que se posa en tu alféizar, en una taza de té caliente, en ese jersey tan cómodo que te viene grande pero que tanto te gusta, en una tarde apacible de lectura. Estoy en el amor y en la belleza del mundo, en el aire tranquilo y feliz de un cuarto de estar al atardecer.”

AUSTRALIA…SALVAJE

Hola amigos, os escribo desde Winton, una pequeña población en el corazón de Queensland, Australia, cuando llevo justo un mes y medio caminando por el que ya es mi tercer continente en esta gran aventura de dar la vuelta al mundo a pie.

El 22 de abril aterrizaba en Darwin, al norte del país, procedente de Denpasar, la capital de Bali, y le decía así adiós a mi decimooctavo país, Indonesia, y al que durante 9 meses había sido mi segundo continente, la prueba de fuego: Asia. Recorrer Indonesia fue una decisión de última hora, pues el 21 de marzo de 2014, justo al año de salir desde el kilómetro 0 de Madrid, llegaba a Singapur. Sin embargo, esas fechas son muy tempranas para pretender recorrer a pie un continente en el que más del 50% de su territorio es desierto. Además, en el hemisferio sur las estaciones van al revés que en el norte, así que decidí recorrer las islas de Java y Bali y darle tiempo a que se marchara el verano austral.

Nada más llegar al aeropuerto de Darwin me abrieron el equipaje y esparcieron mi material buscando restos de barro en las suelas de las zapatillas o alguna semilla clavada en la tienda de campaña. Son estrictos en materia medioambiental y evitan a toda costa la entrada de cualquier especie extraña que pueda suponer una plaga. Yo había limpiado bien mi material en Indonesia antes de volar, por lo que no tuve ningún problema, y ya que no recogieron posteriormente mi equipaje, monté el carro directamente en el aeropuerto y me fui caminando hasta Darwin, unos 20 kilómetros a las 6 de la mañana, perfectos para ir aclimatándome a este nuevo país. Recuerdo la sensación de silencio y tranquilidad que se respira nada más salir a la calle, no hay absolutamente nadie, ¡qué contraste con Asia!. Tan sólo una señal indicándome la dirección a Darwin y unas águilas en el cielo dándome la bienvenida. En Darwin pasé dos días preparando el itinerario que tenía por delante y cogiendo fuerzas, pues no está resultando nada fácil…

Tengo un visado de turista, lo que significa que en un año puedo estar períodos no superiores a 3 meses en el país. Antes de que expiren he de salir y volver a entrar, con lo que se renuevan esos 3 meses, pero implica coger dos aviones (más dinero, más tiempo…) por lo que resolví recorrer los más de 4000 kilómetros de que separan Darwin de Sidney en esos tres meses. Vienen a ser etapas como mínimo de 50 kilómetros diarios, pero no son sólo las distancias, sino las condiciones en las que se realizan esas distancias…

En Australia la escasa población que hay se encuentra sobre todo en la costa este (Sidney, Brisbane, Canberra, Melbourne…), Darwin al norte y Perth al oeste. El resto del país está prácticamente deshabitado, inhóspito, desértico, salvo puntuales núcleos como Alice Springs, Tennant Creek, Mount Isa…distanciados miles de kilómetros. Esto quiere decir que la distancia entre, no ya poblaciones, sino puntos de abastecimiento de agua y comida es de 50, 100, 200, 300 kilómetros y a veces incluso más. Me refiero a gasolineras, roadhouses y bush pubs, lo que le obliga a uno a portar el agua y la comida necesarios para el tiempo que está perdido en tierra de nadie. Estoy bebiendo 5 litros diarios de agua al día, que son unos 30 litros para 6 días, sumando la comida y el material he llegado a llevar casi 80 kgs, de peso. A veces necesito una mochila supletoria para portar el agua y la comida. El concepto occidental de dieta equilibrada y aporte calórico desaparecen por completo. Realmente comes lo justo para ir alcanzando los siguientes puntos, pues la cantidad de comida que realmente necesitas y podrías comer no es posible llevarla encima…hay que racionar. Algún día he comido sólo una manzana.

Si bien el verano austral ya se está marchando conforme pasan los meses (abril, mayo, junio…) y yo me voy adentrando en el país avanzando hacia el sur, aparece un nuevo elemento: el viento. No hay árboles, por lo que no hay sombras donde resguardarse del sol ni protección contra un viento que sopla en esta época proveniente del sureste, es decir, hacia donde yo camino, campando a sus anchas por las extensas llanuras y haciendo realmente difícil progresar. Sopla prácticamente todos los días, y os podéis imaginar lo que cuesta avanzar empujando un carro tan pesado y distancias tan largas, es realmente molesto, te llega a enfurecer, pero no hay nada que hacer contra el viento, sólo apretar los puños y ser paciente.

Por supuesto, no se me pasa por alto la fauna salvaje. Hay dos tipos de cocodrilos, los de fresh water de hocico fino y alargado, y los de salt water, los realmente peligrosos. Estos habitan en las costas, pero remontan las corrientes de los ríos y llegan a adentrarse 100kms tierra adentro en épocas de apareamiento o buscando nuevos territorios. Te avisan de que bajo ningún concepto acampes en las orillas de los ríos, pero claro, con orillas de 100kms pensaba yo prácticamente todo el territorio es peligroso.

Varias de las especies de serpiente más venenosas del mundo habitan en Australia. Me dijeron que es difícil verlas, pero yo paso 24 horas al día, todos los días, caminando y durmiendo a la intemperie. El segundo día veía entre los arbustos una serpiente inmovilizando un lagarto, todo un espéctaculo, pero poco tranquilizador. Desde entonces, en apenas mes y medio, he visto ya cuatro serpientes vivas, la última hace unos días, buscando un lugar para acampar al anochecer, cuando entre los arbustos vi cómo se deslizaba una serpiente negra y naranja…

Otra especie sobre la que yo estaba alerta eran los dingos, perros salvajes que te persiguen hasta la extenuación. No sonaba muy bien, sobre todo teniendo en cuenta que estás por ahí perdido en mitad de ningún sitio. Mi planteamiento era no esperar a estar extenuado, sino atacarle yo a él en caso de darse la situación. Bien, la gente local me tranquilizó contándome que son animales solitarios (no van en manada como los lobos) y oportunistas, comen de todo y no son muy valientes. Ya ha pasado un tiempo desde que llegué a Australia, llevo 45 noches durmiendo al aire libre, pero la primera noche que oí un dingo aullando en torno a mi tienda os puedo asegurar que no estás muy relajado. Luego han sido dos noches más las que se ha dado la situación, es una experiencia única tener un dingo aullando cerca de tu tienda bajo la inmensa noche estrellada del cielo austral.

Hay otro animal sobre al que no se le presta apenas atención, o yo al menos no había oído nada, y es un insecto: las moscas. Australia está repleta de moscas. Hay mucho ganado, y cuando el viento te da una tregua, aparecen a cientos de ninguna parte y se van pegando a tu carro, a los hombros, en la cabeza…son unas moscas planas, pegajosas, con rayas blancas y negras, y realmente molestas. Conforme vas adentrándote en el interior son más y más abundantes, hasta el punto de que acabas de salir de la tienda al amanecer para mear y ya las tienes zumbando en torno a tu cabeza. Al principio las mataba a puñados, de un manotazo caían diez, pero era la técnica equivocada, acababa realmente fatigado de pasarme el día empujando un carro de 80kgs contra el viento con las piernas y matando y espantando moscas con los brazos. Además, conforme las vas matando se te quedan las manos y la ropa sucia con restos de moscas, lo que atrae más moscas todavía. La solución es ponerse en una malla a modo de tela mosquitera en la cabeza y pasar de ellas, porque sin exagerar pueden ser miles.

Por supuesto, como os podréis imaginar, si no hay agua, menos aún hay cobertura ni wifi, olvidaos de esa costumbre de estar localizables en cualquier momento. Los hay en las ciudades, no por donde yo transito. Inocententemente compré una tarjeta sim de la compañía Telstra, la que opera con mayor cobertura en Australia, y cuando llegué al primer pueblo con cobertura tras más de 1600kms, ya no tenía saldo. Te van quitando un dólar por cada día que pasa. Así que cuando tienes cobertura, lo que no tienes es saldo, y cuando tienes ambas, se te acaba la batería. Y cuando por fín tienes las 3 incógnitas (cobertura, saldo y batería), como los 3 limones en raya de las máquinas tragaperras, ocurre que en Australia son casi 8 horas más que en España y no hay nadie levantado. En definitiva, que estoy desarrollando técnicas para sobrellevar la soledad que te invade cuando caminas durante días por una carretera recta infinita hasta el horizonte, la mente se ausenta durante media hora y cuando vuelves, sigues en el mismo punto, con el horizonte allá a lo lejos y tu en mitad de la nada hablando solo, recitando monólogos, cantando, incluso improviso personajes en mitad de una película…”yo claro que hablo solo, lo que no hablo es con la gente, ¿qué cree, que estoy loco?!

En Australia hay unos cielos preciosos. Veo amanecer todos los días, antes de que el sol haya despuntado sobre el horizonte ya estoy caminando. Me levanto con el canto de los pájaros, es curioso prestar atención a la cantidad de sonidos diferentes que emiten. Y las puestas de sol también son un espectáculo, pero lo realmente impresionante son las noches. No hay contaminación lumínica, a lo mejor una lucecita allá a lo lejos proveniente de una granja, y el cielo está repleto de estrellas, satélites, cometas, estrellas fugaces…se ve perfectamente la Vía Láctea, y trato de dormirme contándolas antes de que venga el dingo.

También hay unos camiones enormes llamados “road trains”, son camiones de más de 50 metros de largo, llevan hasta 4 remolques y son muy peligrosos, hay que estar atento, dejar de improvisar papeles en películas y estar listo para agarrar el carro con fuerza cuando vienen. Las cunetas de la carretera están llenas de vacas y canguros literalmente reventados por estas moles que no frenan. Por supuesto, también he visto canguros vivos.

Y algo realmente bueno que hay en este país es el espíritu de carretera. Se sabe lo difícil que es recorrerlo, por lo que hay un espíritu solidario muy valioso, gente dispuesta a echarte un cable si lo necesitas. Hay recomendaciones de llevar gasolina y agua extra, así como de no alejarse del coche en caso de quedarse tirado. Claro, ¿y yo que no tengo coche qué hago?, pues caminar…La gente se queda boquiabierta cuando les digo que vengo desde el otro extremo del planeta caminando, bueno, cuando simplemente les digo que estoy a travesando Australia a pie, me preguntan: ¿sin coche de asistencia?

Australia es un país caro. La moneda, el dólar australiano, equivale a 0’8 euros, pero el precio de las cosas es más caro que en España. Vamos, que me está haciendo un buen roto en el presupuesto la travesía por este continente.

Y bueno, que podría contaros un millón de cosas más sobre lo que está siendo recorrer Australia a pie, pero no tengo tiempo y me las reservo para el libro que quiero escribir al finalizar el viaje.

"Cuántos lugares me estaban esperando,

cuánta gente encontré en el camino,

cuántas estrellas conté cada noche,

cuántas carreteras recorrí con mis pies.

Nadie sabe lo profundo que viajé,

qué vieron mis ojos,

los tesoros que descubrí,

los demonios a los que me enfrenté…

Es la historia de un hombre

por una senda rara vez recorrida.”