DATOS CURIOSOS DE LA TRAVESÍA POR AUSTRALIA

Tiempo empleado: 91 días / 3 meses (22/04/14 - 21/07/14) de los que no he caminado 5 días.

Distancia caminada: 4024 kilómetros.

Velocidad media: 46,79 kms/día

Altitud máxima: 1300 metros en Mt Victory. (Blue mountains)

Distancia máxima recorrida en un día: 60kms.

Países: 1 (Australia)

Dinero gastado: 1500 euros.

Zapatillas: 1 par

Cubiertas del carro: 1 par en ruedas traseras.

Noches acogido gratuitamente en casas: 5

Noches en camping/backpackers: 4

Noches en tienda de campaña: 82

Ampollas: 6

Ahora os escribo desde Santiago de Chile, ciudad a la que he llegado hoy procedente de Sidney (Australia), y a las puertas del que es ya mi cuarto continente: América, que recorreré de sur a norte por la ruta panamericana. A la vista, de camino a Bolivia y Perú, tengo el desierto de Atacama y los Andes…la aventura continúa.

AB-ORIGEN

Uno de los peligros sobre los que me avisaron antes de llegar a Australia, además de la fauna salvaje y las largas distancias sin agua, fue el de los aborígenes, sobre todo en poblaciones al interior, gente no muy grata con turistas y viajeros, pues ellos son los primeros habitantes de la isla y sienten que el hombre blanco les ha invadido y se ha apropiado de sus tierras. El alcohol tampoco mejora la situación ya que les gusta beber pero su organismo no lo asimila bien y andan buscando bronca y reyerta. Mi preocupación giraba en torno a los robos y la violencia armada.

Ya en Darwin, al norte del país y recién llegado, pude observar por primera vez aborígenes australianos, de piel morena, facciones toscas y piernas finas. Me llamó la atención que eran feos, con narices gordas y rostros como hinchados y poco simétricos, como si hubieran nacido de la misma tierra, como un árbol, un tubérculo o un termitero, un estadio anterior en la evolución humana.

Conforme fui avanzando hacia el sur y adentrándome en el país, pero todavía en el Territorio del Norte, podía verlos en la distancia sentados en grupos en los parques de los pequeños asentamientos que hay a lo largo de la Explorers Highway, en torno a los baños públicos o comprando en los supermercados. Una vez me detuve en un centro cristiano a llenar unas botellas de agua antes de proseguir la marcha y adentrarme de nuevo en tierra de nadie y me volvieron a recordar que tuviera cuidado más al sur con los aborígenes, que no tenían nada que ver con los que de momento estaba viendo al norte.

Pasaron los días y, si no recuerdo mal, en una población llamada Elliot intercambié mis primeras palabras con uno de ellos. Estaba en los baños, en la parte trasera de una gasolinera, y se acercó a pedirme fuego. Yo llevo un par de mecheros así que le tendí uno, prendió su cigarrilo y acto seguido me dijo que había estado en España. Yo me quedé un poco desconcertado, no me acababa de creer que hubiera estado en España pero, sobre todo, no sabía por qué me dijo eso, cómo había adivinado que yo era de allí. Le corté la conversación, pues estaba ocupado en ese momento lavando ropa, terminando de ducharme, llenando unas botellas de agua y no me quería entretener, el sol estaba bajando y aún debía buscar un lugar para acampar. El caso es que me quedé dándole vueltas a cómo descubrió que yo era de España, todavía hoy lo pienso y me intriga.

Ya apenas volví a ver más aborígenes en el Northern Territory y, prácticamente, ya casi no vi a más gente durante cientos de kilómetros. Alcancé Queensland y, al cabo de las semanas, New South Wales. En la primera parada, Barringun, una mujer me avisó de que tuviera cuidado cuando alcanzara la población de Bourke con los aborígenes y los robos, recomendación que reiteraría la bibliotecaria de la biblioteca pública del pueblo. Agradecí los consejos, el caso es que cuando llegué a Bourke no sólo tuve ningún problema con los aborígenes, es que ni siquiera los vi.

Hace unos días, a la entrada de Bathurst, ya al atardecer y acabando la jornada proveniente de Orange se detuvo a mi lado un coche con un hombre al volante y un chico, de unos 20 años y que debía ser el hijo, de copiloto. Bajaron la ventanilla y pude apreciar que eran aborígenes, el hombre me preguntó si venía andando desde Orange, la anterior población, que me había visto andando por la carretera hacía unas horas. a lo que le respondí que sí. Me dijo que era muy fuerte, con una expresión de admiración, supongo porque distan unos 45 kilómetros con subidas y bajadas. Entonces le dije que en realidad venía caminando desde Darwin. Me preguntó: ¿Darwin?, como si no hubiera oído bien, y asentí. Entonces cambió la expresión de su rostro, como si de repente se hubiera detenido el tiempo, sus ojos se clavaron en mí, mirándome desde lo más profundo de su cerebro, como si en apenas unos instantes estuviera comprendiendo todo el esfuerzo realizado, imaginando las batallas diarias contra el viento, las carreteras infinitas hasta el horizonte, las noches estrelladas, las horas de soledad, las águilas mostrándome el camino desde las alturas, la sed, el frío y el hambre, los dingos aullando en torno a mi tienda, las lecciones del camino, empapado bajo la lluvia, los paisajes mentales y penurias por las que pasé, y con una voz que ya no parecía la suya y que salía de lo más hondo de su espíritu, en otro plano de comunicación, me preguntó queriendo comprender: ¿por qué?. Yo sé a qué se refería con esa pregunta y le respondí: porque caminando me siento libre. Volviendo a la realidad me dijo: si lo tuviera te daría un regalo. Le di las gracias por sus palabras, nos despedimos con una fraternal sonrisa y continuamos cada uno con nuestro camino. Yo no se lo dije, pero la comprensión y la profundidad de su mirada fue el mejor regalo que me pudo haber hecho. Sentí que se aproximaba a sentir lo que este viaje supone, exige e implica, fue su reacción natural y tuvo el detalle de hacérmela saber.

Han sido dos ocasiones las que he hablado con aborígenes, pero con sólo unas palabras me han dado la sensación de tener un mundo interior más mágico y humano que muchos de los blancos con los que me he cruzado en el camino, con los que se supone que debería tener más cosas en común y que, al saber lo que estaba haciendo, lo único que se les ha ocurrido es hacerme una foto y soltar un chascarrillo.

Entonces caigo en la cuenta de que mi lucha es la lucha del aborigen, del indígena, por mantener las raíces que le ligan a la Tierra y a las estrellas, por consevar la magia y la belleza de un mundo que nos están robando.”

EXTRAÑA CIVILIZACIÓN

"Llevo ya un año y cuatro meses caminando por el mundo prácticamente a la intemperie todo el tiempo, día y noche al aire libre expuesto a los elementos, al frío, a la lluvia, al calor, al viento, a las tormentas, a las heladas, a levantarme con el sol y dormir bajo las estrellas, a los animales, a las largas distancias, al dolor de pies, a la soledad, un camino por el que me voy poco a poco asilvestrando y haciendo a la vida salvaje a pesar de que todavía necesito la civilización y de vez en cuando, bien por necesidad, bien porque no me queda más remedio, me adentro en una población en busca de provisiones y unas comodidades. Son las necesidades que todavía me atan a una civilización que cada vez me resulta más extraña.

Conforme me voy acercando a una ciudad comienzo a notar un tráfico cada vez mayor, prisas, ruido, jaleo, el aire está más sucio y contaminado, la gente está más tensa y ya muchas de las actividades que realizan comienzan a parecerme absurdas. Los coches aparcando justo en los huecos pintados, apretar un botón y esperar a que se ponga verde el muñeco para cruzar por la zona de rayas, un operario de la contrucción barriendo el polvo que se lleva el viento, los escaparates con las últimas tendencias en moda, gimnasios…como si me adentrara en una maqueta en la que todo está perfectamente controlado, donde las normas de convivencia y civilización fueran comandos programando máquinas, y tengo la sensación de que nos comportamos como autómatas sin libertad.

Paseo por la acera y a mi lado pasa un coche con las ventanillas bajadas, música electrónica y gente joven con una actitud y unas pintas que no sé de dónde las han copiado. Paso frente a un concesionario de coches deportivos y de lujo y no siento la más mínima fascinación, sino más bien rechazo. Veo la televisión por unos segundos tras varios meses sin verla y compruebo que todo sigue absolutamente igual, y que con lo que he visto ya tengo para varios meses más. Entro en un supermercado o en un centro comercial y tengo la sensación de entrar en una nave espacial, lleno de luces, colores, sonidos y miles de productos organizados en estanterías a lo largo de pasillos, con aires acondicionados y calefacciones, que salgo de ellos aturdido y congestionado deseando volver a perderme en la naturaleza con mis montañas, mis águilas y mis estrellas.

Comienzo a discernir el carácter de cada especie en su conducta, las distantes y precavidas águilas, los territoriales cuervos, los nerviosos caballos salvajes, el erizo huraño, las juguetonas y ruidosas cacatúas, los huidizos canguros…Hasta creo empezar a entender qué dicen los pájaros al amanecer con su jolgorio desde los árboles, o revoloteando contentos tras una noche helada en el hueco de algún tronco celebrando el nuevo día, el mugido tranquilo de la vaca que vuelve al establo al atardecer, o el ancestral sonido de los rumiantes en la fría noche bajo el cielo estrellado, el juego de las mariposas revoloteando bajo el sol, hasta en el zumbido de las moscas a mi alrededor me ha parecido distinguir una conversación, observándolas en formación sobre mi carro con las cabezas orientadas hacia el viento como si fueran un batallón, o viendo como las moscas pequeñas se alejaban cuando de repente llegaba una grande, se posaba en la lona de mi carro e inspeccionaba la zona como si fuera un matón imponiendo su jerarquía.

Son ya 19 países en mis piernas, 3 continentes, cerca de 19.000 kilómetros en los que he atravesado junglas, montañas, bosques, ciudades…la barba puebla mi cara, los pies endurecidos, el cuerpo se habitúa a la tarea de caminar, he de estirar y realizar ejercicios para desentumecer articulaciones que se van petrificando como se llena de nudos el árbol que crece a la intemperie sacudido por los elementos. He caminado bajo la lluvia, con el viento en contra, bajo el sol abrasador, con ampollas en los pies, he pasado hambre, frío, miedo, soledad. He dormido bajo los rayos en la tormenta, en bosques con osos y lobos, con dingos aullando alrededor de mi tienda. Alejándome de mi país con cada paso que doy, cada vez más lejos de mi cultura y la civilización con cada kilómetro que avanzo, adentrándome por senderos inexplorados libre como un águila, salvaje como un lobo.”

LUCHADOR Y VALIENTE

Dedicado a todas las personas valientes que luchan a lo largo y ancho del mundo y sacan fuerzas de donde no las hay por sobrevivir al infierno de las guerras, que luchan en su día a día por superar o convivir con una enfermedad, que se juegan la vida saltando alambradas y cruzando mares en embarcaciones ridículas por un futuro mejor, por llevarse un plato de comida a la boca, por salir del pozo de las drogas, que dedican su tiempo y su esfuerzo a trabajar por un mundo mejor.

Dedicado a todos los padres que luchan por sacar una familia adelante, porque no hay mayor aventura ni mayor gesto de amor que tener hijos.

Dedicado a todas las personas valientes que luchan sin excusas por abrirse paso ante las dificultades con el mismo impulso con el que se abre paso la vida. El mundo está lleno de miles, millones de héroes anónimos y ellos para mí son ejemplo y parte de mi inspiración y mi fuerza.

EN PAZ

Soy libre caminando por el mundo, rumbo siempre a un nuevo horizonte. Sé dónde me levanto pero no dónde voy a dormir cada noche…todas las mañanas recojo la tienda bajo un cielo diferente.

Me levanto al alba con el canto de los pájaros, cuando el cielo comienza a clarear, y cuando el sol despunta sobre el horizonte yo ya estoy caminando. La brisa mece los campos dorados de espigas y las copas de los árboles con su rumor de hojas. Las águilas me muestran el camino allá arriba, dominando el mundo desde las alturas, mientras mariposas, escarabajos y saltamontes se cruzan en mi camino. Colinas y mesetas, viejas y desgastadas montañas majestuosas en otra época, ven pasar al caminante por las llanuras de dios, por las largas carreteras de la vida proyectando su larga sombra al atardecer, viviendo su destino a su ritmo.

Cada mañana me invade la fuerza de un nuevo día, pero cada noche, cuando el sol se esconde tras el horizonte y los pájaros entonan sus últimos cantos desde sus nidos, yo me refugio solitario en el mío, en mi tienda de campaña, en mi casa móvil, en mi burbuja de los sueños en mitad de ningún sitio y camino a ninguna parte bajo la inmensa cúpula del universo, bajo millones de estrellas titilando como cascabeles en un mundo de magia, amor y belleza sin igual, cantando una melodía cifrada hecha de rayos y haces de luz que han surcado el universo a través de los siglos sólo para mí, y están diciéndome algo…

Entonces caigo en la cuenta, y lo entiendo todo. Las estrellas están entonando una canción de notas infinitas que se encienden y se apagan formando una melodía, la melodía más hermosa del mundo capaz de ser escuchada sólo con el corazón. Y yo, que me siento muy pequeño ante semejante espectáculo, le pregunto a las estrellas: ¿qué somos?. Y ellas me responden: lo que tú quieras. Y entonces, sonrío feliz porque ahora mi alma es libre de verdad y sé que puedo dormir en paz.

INEVITABLEMENTE

"Lo que yo escribo no es un invento, es un descubrimiento,

me lo baila el fuego y me lo susurra el viento,

ya estaba escrito en el cielo desde la noche de los tiempos

y conforme voy caminando lo voy leyendo.

Está escrito en las estrellas,

en el canto de los pájaros,

es la magia del mundo,

el misterio del firmamento.”

Esto es una vuelta al mundo caminando por la Naturaleza y el planeta Tierra, no una campaña de publicidad ni un producto en venta. Yo no tengo nada que vender. La mar no se vende. Lás águilas no se venden. Un árbol no se vende. Las estrellas no se venden. La poesía no se vende, aunque hay quien la utiliza para venderse. El amor no se vende. Lo que es rotundo no necesita venderse porque es, inevitablemente.

Cada mañana salgo a caminar, algo tan necesario ya como el respirar, tan natural como sale el sol, él pasea por el cielo y yo lo hago por la tierra hasta el anochecer.

El viento me va trayendo ideas, reflexiones, sensaciones, todas las piezas caen en su sitio en mi mente mientras voy quitándole capas a la cebolla del pensamiento hasta llegar al núcleo, a la raíz, al corazón, y quedarme con la esencia. Hay un camino en el que todo ocurre como si ya estuviera escrito, un camino en el que la mente tiene el poder de hacer que las cosas ocurran, un camino de paz y equilibrio, de luz y conocimiento.

Voy caminando por los senderos de la vida como cantan los pájaros, como crece la hierba, como sopla la brisa, tan natural como cae la lluvia y fluyen los ríos rumbo al mar. He recuperado mi olfato y mi instinto y no tengo más que caminar, que respirar, que ser. Soy un canal por el que se comunica el universo, un ser libre en comunión con la naturaleza.

Vivo con los elementos, día y noche adentrándome hacia rutas salvajes,  por senderos inexplorados, por sendas rara vez recorridas. Y yo cada vez vuelo más alto, cavo más profundo, estoy más lejos. No hay nada que vender ni de lo que convencerse. Hay un camino a mis pies que no sé dónde me llevará, una verdad eterna e inalterable que me ofrece sus secretos, y no tengo más que ir viviéndola, descubriéndola, sencillamente, como no podía ser de otra manera.”

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ESTOY

Yo estoy en cada amanecer, y en el cielo azul de primavera bajo el que juegan los niños, estoy en el canto del pájaro, jolgorio al atardecer, y en la noche estrellada de tus sueños de verano, estoy en el calor del hogar y en  la magia del fuego templando las manos y las miradas, llenando el aire de amor y de misterio, estoy en la respiración contenida de un bosque nevado, en la huella silenciosa del armiño blanco y en el copo invernal que se desprende de la rama cuando un rayo de sol lo toca con sus dedos, estoy en el olor que desprende la fruta madura, en la hoja que cae justo cuando tú pasas y en la crujiente vereda de la foresta en otoño, estoy en la risa del río y en el rumor de los árboles mecidos por el viento, estoy en la espiga combada dulcemente por la brisa y en la luz de la luna hechizando con su halo el mundo entero, estoy en el baile de la llama de una vela y en el cascabel de un duende. Como Walt Whitman en su “Canto a mí mismo”, estoy en los rincones secretos y umbríos, en la sencillez de las cosas pequeñas y en el misterio del universo, estoy en el gato que juega con el ovillo de lana y en la tela de araña pintada con gotas de rocío, en el aroma del pan recién hecho, en las caricias de amor bajo las sábanas y en el agua tibia resbalando desde el cántaro sobre la piel desnuda.Estoy en el significado completo y profundo de cada palabra, en cada partícula flotando en el aire, en la sutileza de un suspiro, de una pausa, de una coma, en el matiz de una sensación, en el primer rayo despuntando al alba sobre el horizonte cada amanecer. Estoy en el orden natural de las cosas, en el gorrión que se posa en tu alféizar, en una taza de té caliente, en ese jersey tan cómodo que te viene grande pero que tanto te gusta, en una tarde apacible de lectura. Estoy en el amor y en la belleza del mundo, en el aire tranquilo y feliz de un cuarto de estar al atardecer.”

AUSTRALIA…SALVAJE

Hola amigos, os escribo desde Winton, una pequeña población en el corazón de Queensland, Australia, cuando llevo justo un mes y medio caminando por el que ya es mi tercer continente en esta gran aventura de dar la vuelta al mundo a pie.

El 22 de abril aterrizaba en Darwin, al norte del país, procedente de Denpasar, la capital de Bali, y le decía así adiós a mi decimooctavo país, Indonesia, y al que durante 9 meses había sido mi segundo continente, la prueba de fuego: Asia. Recorrer Indonesia fue una decisión de última hora, pues el 21 de marzo de 2014, justo al año de salir desde el kilómetro 0 de Madrid, llegaba a Singapur. Sin embargo, esas fechas son muy tempranas para pretender recorrer a pie un continente en el que más del 50% de su territorio es desierto. Además, en el hemisferio sur las estaciones van al revés que en el norte, así que decidí recorrer las islas de Java y Bali y darle tiempo a que se marchara el verano austral.

Nada más llegar al aeropuerto de Darwin me abrieron el equipaje y esparcieron mi material buscando restos de barro en las suelas de las zapatillas o alguna semilla clavada en la tienda de campaña. Son estrictos en materia medioambiental y evitan a toda costa la entrada de cualquier especie extraña que pueda suponer una plaga. Yo había limpiado bien mi material en Indonesia antes de volar, por lo que no tuve ningún problema, y ya que no recogieron posteriormente mi equipaje, monté el carro directamente en el aeropuerto y me fui caminando hasta Darwin, unos 20 kilómetros a las 6 de la mañana, perfectos para ir aclimatándome a este nuevo país. Recuerdo la sensación de silencio y tranquilidad que se respira nada más salir a la calle, no hay absolutamente nadie, ¡qué contraste con Asia!. Tan sólo una señal indicándome la dirección a Darwin y unas águilas en el cielo dándome la bienvenida. En Darwin pasé dos días preparando el itinerario que tenía por delante y cogiendo fuerzas, pues no está resultando nada fácil…

Tengo un visado de turista, lo que significa que en un año puedo estar períodos no superiores a 3 meses en el país. Antes de que expiren he de salir y volver a entrar, con lo que se renuevan esos 3 meses, pero implica coger dos aviones (más dinero, más tiempo…) por lo que resolví recorrer los más de 4000 kilómetros de que separan Darwin de Sidney en esos tres meses. Vienen a ser etapas como mínimo de 50 kilómetros diarios, pero no son sólo las distancias, sino las condiciones en las que se realizan esas distancias…

En Australia la escasa población que hay se encuentra sobre todo en la costa este (Sidney, Brisbane, Canberra, Melbourne…), Darwin al norte y Perth al oeste. El resto del país está prácticamente deshabitado, inhóspito, desértico, salvo puntuales núcleos como Alice Springs, Tennant Creek, Mount Isa…distanciados miles de kilómetros. Esto quiere decir que la distancia entre, no ya poblaciones, sino puntos de abastecimiento de agua y comida es de 50, 100, 200, 300 kilómetros y a veces incluso más. Me refiero a gasolineras, roadhouses y bush pubs, lo que le obliga a uno a portar el agua y la comida necesarios para el tiempo que está perdido en tierra de nadie. Estoy bebiendo 5 litros diarios de agua al día, que son unos 30 litros para 6 días, sumando la comida y el material he llegado a llevar casi 80 kgs, de peso. A veces necesito una mochila supletoria para portar el agua y la comida. El concepto occidental de dieta equilibrada y aporte calórico desaparecen por completo. Realmente comes lo justo para ir alcanzando los siguientes puntos, pues la cantidad de comida que realmente necesitas y podrías comer no es posible llevarla encima…hay que racionar. Algún día he comido sólo una manzana.

Si bien el verano austral ya se está marchando conforme pasan los meses (abril, mayo, junio…) y yo me voy adentrando en el país avanzando hacia el sur, aparece un nuevo elemento: el viento. No hay árboles, por lo que no hay sombras donde resguardarse del sol ni protección contra un viento que sopla en esta época proveniente del sureste, es decir, hacia donde yo camino, campando a sus anchas por las extensas llanuras y haciendo realmente difícil progresar. Sopla prácticamente todos los días, y os podéis imaginar lo que cuesta avanzar empujando un carro tan pesado y distancias tan largas, es realmente molesto, te llega a enfurecer, pero no hay nada que hacer contra el viento, sólo apretar los puños y ser paciente.

Por supuesto, no se me pasa por alto la fauna salvaje. Hay dos tipos de cocodrilos, los de fresh water de hocico fino y alargado, y los de salt water, los realmente peligrosos. Estos habitan en las costas, pero remontan las corrientes de los ríos y llegan a adentrarse 100kms tierra adentro en épocas de apareamiento o buscando nuevos territorios. Te avisan de que bajo ningún concepto acampes en las orillas de los ríos, pero claro, con orillas de 100kms pensaba yo prácticamente todo el territorio es peligroso.

Varias de las especies de serpiente más venenosas del mundo habitan en Australia. Me dijeron que es difícil verlas, pero yo paso 24 horas al día, todos los días, caminando y durmiendo a la intemperie. El segundo día veía entre los arbustos una serpiente inmovilizando un lagarto, todo un espéctaculo, pero poco tranquilizador. Desde entonces, en apenas mes y medio, he visto ya cuatro serpientes vivas, la última hace unos días, buscando un lugar para acampar al anochecer, cuando entre los arbustos vi cómo se deslizaba una serpiente negra y naranja…

Otra especie sobre la que yo estaba alerta eran los dingos, perros salvajes que te persiguen hasta la extenuación. No sonaba muy bien, sobre todo teniendo en cuenta que estás por ahí perdido en mitad de ningún sitio. Mi planteamiento era no esperar a estar extenuado, sino atacarle yo a él en caso de darse la situación. Bien, la gente local me tranquilizó contándome que son animales solitarios (no van en manada como los lobos) y oportunistas, comen de todo y no son muy valientes. Ya ha pasado un tiempo desde que llegué a Australia, llevo 45 noches durmiendo al aire libre, pero la primera noche que oí un dingo aullando en torno a mi tienda os puedo asegurar que no estás muy relajado. Luego han sido dos noches más las que se ha dado la situación, es una experiencia única tener un dingo aullando cerca de tu tienda bajo la inmensa noche estrellada del cielo austral.

Hay otro animal sobre al que no se le presta apenas atención, o yo al menos no había oído nada, y es un insecto: las moscas. Australia está repleta de moscas. Hay mucho ganado, y cuando el viento te da una tregua, aparecen a cientos de ninguna parte y se van pegando a tu carro, a los hombros, en la cabeza…son unas moscas planas, pegajosas, con rayas blancas y negras, y realmente molestas. Conforme vas adentrándote en el interior son más y más abundantes, hasta el punto de que acabas de salir de la tienda al amanecer para mear y ya las tienes zumbando en torno a tu cabeza. Al principio las mataba a puñados, de un manotazo caían diez, pero era la técnica equivocada, acababa realmente fatigado de pasarme el día empujando un carro de 80kgs contra el viento con las piernas y matando y espantando moscas con los brazos. Además, conforme las vas matando se te quedan las manos y la ropa sucia con restos de moscas, lo que atrae más moscas todavía. La solución es ponerse en una malla a modo de tela mosquitera en la cabeza y pasar de ellas, porque sin exagerar pueden ser miles.

Por supuesto, como os podréis imaginar, si no hay agua, menos aún hay cobertura ni wifi, olvidaos de esa costumbre de estar localizables en cualquier momento. Los hay en las ciudades, no por donde yo transito. Inocententemente compré una tarjeta sim de la compañía Telstra, la que opera con mayor cobertura en Australia, y cuando llegué al primer pueblo con cobertura tras más de 1600kms, ya no tenía saldo. Te van quitando un dólar por cada día que pasa. Así que cuando tienes cobertura, lo que no tienes es saldo, y cuando tienes ambas, se te acaba la batería. Y cuando por fín tienes las 3 incógnitas (cobertura, saldo y batería), como los 3 limones en raya de las máquinas tragaperras, ocurre que en Australia son casi 8 horas más que en España y no hay nadie levantado. En definitiva, que estoy desarrollando técnicas para sobrellevar la soledad que te invade cuando caminas durante días por una carretera recta infinita hasta el horizonte, la mente se ausenta durante media hora y cuando vuelves, sigues en el mismo punto, con el horizonte allá a lo lejos y tu en mitad de la nada hablando solo, recitando monólogos, cantando, incluso improviso personajes en mitad de una película…”yo claro que hablo solo, lo que no hablo es con la gente, ¿qué cree, que estoy loco?!

En Australia hay unos cielos preciosos. Veo amanecer todos los días, antes de que el sol haya despuntado sobre el horizonte ya estoy caminando. Me levanto con el canto de los pájaros, es curioso prestar atención a la cantidad de sonidos diferentes que emiten. Y las puestas de sol también son un espectáculo, pero lo realmente impresionante son las noches. No hay contaminación lumínica, a lo mejor una lucecita allá a lo lejos proveniente de una granja, y el cielo está repleto de estrellas, satélites, cometas, estrellas fugaces…se ve perfectamente la Vía Láctea, y trato de dormirme contándolas antes de que venga el dingo.

También hay unos camiones enormes llamados “road trains”, son camiones de más de 50 metros de largo, llevan hasta 4 remolques y son muy peligrosos, hay que estar atento, dejar de improvisar papeles en películas y estar listo para agarrar el carro con fuerza cuando vienen. Las cunetas de la carretera están llenas de vacas y canguros literalmente reventados por estas moles que no frenan. Por supuesto, también he visto canguros vivos.

Y algo realmente bueno que hay en este país es el espíritu de carretera. Se sabe lo difícil que es recorrerlo, por lo que hay un espíritu solidario muy valioso, gente dispuesta a echarte un cable si lo necesitas. Hay recomendaciones de llevar gasolina y agua extra, así como de no alejarse del coche en caso de quedarse tirado. Claro, ¿y yo que no tengo coche qué hago?, pues caminar…La gente se queda boquiabierta cuando les digo que vengo desde el otro extremo del planeta caminando, bueno, cuando simplemente les digo que estoy a travesando Australia a pie, me preguntan: ¿sin coche de asistencia?

Australia es un país caro. La moneda, el dólar australiano, equivale a 0’8 euros, pero el precio de las cosas es más caro que en España. Vamos, que me está haciendo un buen roto en el presupuesto la travesía por este continente.

Y bueno, que podría contaros un millón de cosas más sobre lo que está siendo recorrer Australia a pie, pero no tengo tiempo y me las reservo para el libro que quiero escribir al finalizar el viaje.

"Cuántos lugares me estaban esperando,

cuánta gente encontré en el camino,

cuántas estrellas conté cada noche,

cuántas carreteras recorrí con mis pies.

Nadie sabe lo profundo que viajé,

qué vieron mis ojos,

los tesoros que descubrí,

los demonios a los que me enfrenté…

Es la historia de un hombre

por una senda rara vez recorrida.”

HUMILDAD

Cuando una persona se siente fuerte y segura, o tal vez precisamente para sentirse así, suele caer en el error de creerse juez y canon de todo lo que le rodea, y se sube a una especie de púlpito o atalaya y moviendo hacia delante y hacia detrás un dedo índice muy grande, desmesuradamente grande, dicta sentencias, lanza veredictos y sienta cátedra, como si la verdad existiera y ésta lo hiciera, por supuesto, dentro de sus dominios, de su bagaje, de sus conocimientos.

Pero la experiencia enseña que la humildad es una lección vital, que la vida puede dar un giro en cualquier dirección, que el destino puede dar un bandazo inesperado y apear de su palo a cualquier gallo.

Y que el único púlpito al que una persona, hombre o mujer, tiene derecho a subirse es a aquél desde el que lanzar palabras y actos de amor y agradecimiento. Porque detrás de cualquier ideología, razonamiento, política, filosofía o religión, trás el último de los horizontes, allí donde se diluyen las palabras, esa es la única actitud pura y honesta: amor y agradeciemiento.

Como decía Gabriel García Márquez, que en paz descanse, “el único momento en el que un hombre tiene derecho a mirar a otro hacia abajo es para ayudarle a levantarse.”

ALGUNOS DATOS CURIOSOS SOBRE MI CAMINATA POR ASIA

Tiempo empleado: 274 días / 9 meses (22/07/13 – 22/04/14) de los que no he caminado 72 días.

Distancia caminada: 10.000kms aprox.

Velocidad media: 49 kms/día

Altitud máxima: 2535 mts. en el paso de Meghri (Armenia).

Distancia máxima recorrida en un día: 75 kms.

Países: 11 (Turquía, Georgia, Armenia, Irán, India, Nepal, Bangladesh, Tailandia, Malaysia, Singapur e Indonesia).

Dinero gastado: 4.000 euros.

Zapatillas: 2 pares

Cubiertas del carro: 2 cambios rueda delantera y 2 cambios ruedas traseras.

Noches acogido gratuitamente en casas / barcos /templos / cuarteles y comisarías / hoteles…: 71

Noches en tienda de campaña: 82

Noches pagadas en hotel / hostal / guest house: 121 (muchas de ellas en India, Nepal y Bangladesh, donde el hotel era un cuartucho cochambroso donde resguardarse de la jungla).

Contratiempos: picaduras (arañas, mosquitos, pulgas, chinches), ampollas (4), rozaduras, diarrea, algún dolor puntual de cabeza.

Enfermedades: ninguna.

En total, 2 continentes, 18 países y cerca de 15.000 kms. en mis piernas recorridos en solitario en un año y un mes de caminata. Ahora, vamos a por el tercero: Australia, un escenario completamente nuevo con escasez de agua, poblaciones muy distanciadas y una fauna salvaje peligrosa. Un continente de cultura anglosajona y, en principio, más familiar pero no hay que confiarse. Por supuesto, desapareceré del mapa un tiempo pues os podréis imaginar que si no hay agua, menos aún habrá wifi.

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HIJOS DEL BIENESTAR

En occidente, aunque no sé muy bien cuál es el occidente de un planeta redondo, creemos que por el simple hecho de nacer tenemos derecho a una serie de ventajas y comodidades. Pero no es así, ni es nuestro privilegio ni nadie nos lo va a garantizar, por mucho que lo escribamos en papeles como la Constitución. Algo parecido ocurre con la declaración de los Derechos humanos.

Mire usted, la vida es cruda, todavía vivimos con la ley de la jungla y en los momentos difíciles esto es un sálvese quien pueda, nadie va a venir a salvarle el culo, y menos aquellos en los que ha decidido delegar su vida. Hemos elegido construir nuestra sociedad sobre valores como el egoísmo y la competitividad frente a otros como el altruismo y la cooperación, las dificultades paren verdades como templos y los momentos de crisis, entre otras cosas, sirven para ver en qué lugar está cada uno.

Por otro lado, olvidamos que nuestro estado del bienestar ha sido edificado sobre el malestar de otros países y de un planeta que está enfermando para que occidente, el primer mundo, pueda vivir en la abundancia y la comodidad. Y así, el sueño de muchos es ser millonario y que las cosas cuesten muy poco para poder comprarlas todas. Pero olvidamos también que todas esas cosas, desde las más básicas como la luz, el agua caliente, la calefacción… por no hablar de los móviles, los coches, televisores y demás artilugios de los que  nos gusta rodearnos, son un lujo que le supone un alto coste al planeta, un planeta saqueado y explotado por encima de sus posibilidades por nuestra codicia y vagancia.

Saqueamos la tierra, contaminamos el aire, los ríos, los mares, quemamos y deforestamos los bosques, tenemos un mundo precioso y lo estamos llenando de humo, asfalto y basura, de torres de alta tensión y antenas de repetición, de radiaciones, no tenemos tiempo para pasarlo con nuestros hijos y padres por las prisas y el frenético ritmo de vida que llevamos y nos da igual, no se nos ocurre parar el tren y decir: yo me bajo.

Estamos automatizados, teledirigidos, nos roban, nos mienten, se mofan en nuestra cara, nos suben cada vez más el precio de las cosas, los bancos nos quitan las casas y sólo se nos ocurre protestar por el cauce que nos han marcado: haciendo manifestaciones, ¡qué falta de valor y de creatividad! Ni se nos pasa por la cabeza sacar nuestro dinero del banco, apagar la calefacción y abrigarnos, ducharnos con agua fría. Llevaríamos a la quiebra a toda esta panda de miserables ladrones a los que ni nosotros ni el planeta importamos una mierda. La vida tal vez fuera más dura, pero también sería más nuestra, gratificante y digna. Y nosotros, más fuertes.

Porque al capitalismo le interesa una sociedad débil y dependiente, pues cada nueva necesidad creada es una nueva oportunidad de negocio y lucro. Por eso, hay que estar atento a cuánto necesita uno las cosas, pues los miserables están dispuestos a cobrarnos un alto precio por ellas…hasta la dignidad.

Sin embargo, empiezo a pensar que la sociedad no quiere dignidad, ni libertad, sólo un trabajo y unas comodidades mientras las cosas sigan su cauce tranquilo y anestesiado. Como dice Kase.O: “Casi cambié mis ideales por los del bienestar, y mientras otros estén mal a mí me da igual.” Egoísmo puro. O como dice Cortázar: “Va a ser que los peces ya no quieren abandonar la pecera, ya apenas tocan el cristal con la nariz.”

HOMBRES Y MUJERES DE VERDAD

En una sociedad en crisis hacen falta cambios en los existentes modelos económicos, políticos y sociales. Pero, sobre todo, en una sociedad cada vez más desorientada, débil, dependiente y consumista hacen falta verdaderos y profundos cambios en los propios valores humanos sobre los que se asientan dichos modelos. Hacen falta un hombre y una mujer nuevos para crear una nueva realidad.

Hombres y mujeres libres y valientes que no se callan con dinero, capaces de romper las ataduras que los condenan, de superar las barreras del confort y la comodidad que los someten, y apostar por un mundo mejor. No sólo de vivir con poco, si no de disfrutar con ello, de encontrar en la sencillez, la humildad y la sobriedad el camino a la libertad y la grandeza del ser humano.

Hombres y mujeres bravos para los que el sentido común no sea un acto heroico sino un deber para con el mundo y un compromiso inevitable con ellos mismos.

Hombres y mujeres con ética, sensibilidad y un par de cojones, con la cabeza bien amueblada y puesta en su sitio.

Hombres y mujeres que miren más allá de su propio ombligo, asuman las consecuencias de sus actos y sepan reconocerse en las injusticias y el dolor ajeno.

Hombres y mujeres valientes que no vuelvan la cabeza y miren para otro lado, sino que miren a la vida a la cara y sepan afrontar sus miedos y fantasmas con honestidad.

Hombres y mujeres que empuñan la verdad con una mano mientras con la otra enarbolan un amor inmenso enraizado hasta sus corazones.

Hombres y mujeres dulces capaces de aprender y crear jugando, y tan fieros que son capaces  de mantener a raya al mismo diablo.

Hombres y mujeres sin artificios que llaman a las cosas por su nombre y desenmascaran a los corruptos y farsantes de un plumazo y sin remilgos, porque no hay mayor ofensa que la mentira, y este mundo está lleno de embaucadores y vendedores de motos.

Hombres y mujeres de verdad, no de celuloide ni de cartón-piedra como los pilares de esta sociedad de imitadores que estamos construyendo, frágil y endeble, que se resquebraja ante la mínima amenaza.

Hombres y mujeres auténticos hechos de acciones, no de palabras ni de poses, que saben del milagro de estar vivos y, porque lo quieren todo, lo dan todo cada día, sin excusas.

Hombres y mujeres capaces de amar a sus padres, a sus hijos, hermanos, amigos, parejas, y de cuidar el mundo en el que viven, porque han recorrido la senda y se conocen a sí mismos.

Hombres y mujeres capaces de aceptar retos, de caerse y levantarse, que no se compadecen de sí mismos ni se esconden tras extraños entramados.

Un hombre y una mujer nuevos alzando unos valores que, en el fondo, han existido siempre: dignidad, nobleza, honestidad, cooperación, altruismo, generosidad, libertad, paz, amor…tan faltos en las sociedades y los gobiernos del mundo entero.

Hombres y mujeres de verdad caminando juntos por un mundo más bello y justo.

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DESDE INDONESIA

Estoy en una comisaría de policía de Cirebon, en la isla de Java (Indonesia), pero tranquilos, no he cometido ninguna fechoría. Simplemente, llevaba ya 50 kilómetros caminando, estaba anocheciendo y no encontraba un lugar para pernoctar, así que me he acercado a preguntar. Aquí, por ser europeo, lo tratan a uno de Mr., al igual que en la India de Sir. Eso significa que te suelen dar un trato de superioridad y confianza, por lo que no es difícil que te dejen un lugar donde dormir cuando no encuentras un lugar seguro para acampar o un hotel. Hace unas noches una familia me preparó un futón en una mezquita donde me acribillaron los mosquitos y ayer sin ir más lejos dormí en otra comisaría. De todas formas, os podréis imaginar, aquí las comisarías son algo diferentes.

Si mal no recuerdo, la última vez que os escribí fue en Langkawi, mi primera parada en Malaysia, una linda isla perteneciente a un archipiélago de 104 islas en el estrecho de Malacca y bañada por el mar de Andaman. Pasé allí una semana descansando tras los duros meses de caminata anteriores por la India, Nepal, Bangladesh, y acuciado por el tiempo del visado en Tailandia. Recibí la invitación de un chico, René, a pasar unos días en el barco en el que él vivía, “Little Do”, un bonito velero blanco amarrado en el muelle del Royal Yatch Club de Langkawi y, sin pensármelo mucho, fui para allá. De la mano de Vijay, uno de los mejores guías turísticos de la zona, pude disfrutar de varias excursiones (Cable Car, Underwater World, Geopark Dayang Bunting Marble…), beber agua de coco viendo atardecer desde la playa de Pantai Cenang o probar la sabrosa barracuda con salsa de pimienta. También me picó un jelly fish bañándome de noche en el mar a la luz de la luna y realicé varias entrevistas para diferentes medios malayos (RTM1, Harian Metro), conforme iba aprendiendo mis primeras cosas de este nuevo país y me introducía poco a poco en esta nueva cultura.

Reanudé la marcha el 15 de febrero con algo de pereza, todo hay que decirlo, pero tocaba volver al camino. A los pocos minutos de hacerlo, a la altura de Kuala Perlis, vi un animal de más de un metro de longitud y apariencia de cocodrilo arrastrándose entre la maleza. Hablando con los locales, me explicaron que se trataba de varanos, lagartos que pueden llegar a medir los dos metros y que frecuentan los ribazos de la carretera, en torno a los canales y charcas. Me llevé un buen susto, y en seguida empecé a pensar en la imposibilidad de acampar al aire libre. Poco me duraría la preocupación, la mejor manera era comprobarlo. Al día siguiente, pasado Bedong y cerca de Penang, en Butterworth para ser más exactos, ya al atardecer, me acerqué a un grupo de jornaleros que estaban trabajando el campo a ver qué les parecía si acampaba en las inmediaciones. Me recomendaron dormir en alto para evitar desagradables sorpresas (varanos y serpientes), por lo que esa noche la dormí profundamente en una especie de chamizo elevado un metro del suelo con mi saco y mi tela mosquitera.  Todo hay que decirlo, antes de coger la horizontal y planchar la oreja (grandes frases recogidas del acervo familiar), estuvimos bebiendo un extracto extraño preparado con las hojas de un árbol de cuyo nombre ya no me acuerdo. Eran musulmanes y no bebían alcohol, pero el humano siempre ha destacado por su ingenio y curiosidad…

Al día siguiente, tras vacilar varias veces, decidí dirigirme a Penang, una bonita e interesante ciudad en la que pasé dos días paseando por sus calles con una rica amalgama de templos budistas chinos, hindúes, mezquitas musulmanas e iglesias católicas, reminiscencias de años de colonialismo  británico, como el Fort CornWallis, y disfrutando de las pinturas callejeras de Ernst Zacharevic y de una rica gastronomía. Mi paso por India no fue muy agradable y me marché de ese país con algo de confusión: al igual que no sabía si volvería algún día, tenía la sensación de que no me había enterado de mucho y que tal vez se mereciera más adelante una segunda visita, una nueva oportunidad. Pues bien, en Penang me sorprendí visitando templos hinduistas atraído por la música y comiendo varias veces en restaurantes hindúes, saboreando con morriña viejas sensaciones de aquel país, olores, sabores, e incluso hablando con los camareros alguna que otra palabra que recordaba en hindú…La mañana en que decidí emprender de nuevo la caminata estuve haciendo una entrevista con los chicos del periódico “The Star”, artículo que titularon “Un viaje de fe y esperanza”, todo un honor.

Mucho calor es la tónica de los días siguientes, bebiendo cerca de 5 litros diarios de agua a través de Bangar Serai, Taiping, Ipoh, Kampar…¿Y las noches?, llamando a las puertas preguntando si me dejaban un lugar donde dormir. La respuesta, siempre sí. Así, dormí en  lugares como jardines de familias que me abrieron las puertas de su casa, incluso me invitaban a cenar, o en iglesias (gerejas). Me llama mucho la atención la intensidad con la que mucha gente vive la religión en Asia, en contraste con una Europa cada vez menos religiosa. En numerosas ocasiones y en todos los países me han preguntado por mi religión, como buscando una complicidad. Yo siempre respondo, aun a riesgo de no ser entendido, que yo creo en las buenas personas (y, en cierto modo, guardándome también las espaldas), independientemente de su país o su religión. Otras veces he saludado a un musulmán con un Salom Malekun y he podido notar un leve brillo de alegría en sus ojos. En Kampar tuve la suerte de poder hablarle de mi viaje a un grupo de estudiantes universitarios católicos, muy sorprendidos con la hazaña. Esa noche la pasé en la iglesia del pueblo gracias al padre Eloysius, y al día siguiente dos de los estudiantes, Leon y Jude, decidieron acompañarme como dos valientes durante más de 20 kilómetros sufriendo bajo el sol abrasador. Para mí fue un gesto bonito, ya que llevaba mucho tiempo caminando solo, y estos dos chavales tuvieron el detalle y el coraje.

La razón por la que hacía tanto calor es que llevaba varios meses sin llover. Los meses de invierno corresponden por estas latitudes con la estación seca (las lluvias fuertes, monzones, caen en verano) Sin embargo, a pesar de ello, los años anteriores solía llover una horita todos los días en estas fechas refrescando el ambiente e hidratando la tierra, pero no ahora: el tiempo está cambiando en todo el planeta, hablando con una amiga me decía que está pasando lo mismo en Perú. Malaysia ha sido siempre un país con abundante agua fruto de sus elevadas precipitaciones anuales por lo que no se han tenido que preocupar nunca de construir embalses ni pantanos para almacenarla. Ahora, en la capital por ejemplo (Kuala Lumpur) están cortando el agua de las casas porque no llueve y no la tienen tampoco almacenada. Las palmeras amarillas, la vegetación secándose, e incendios proliferando por todo el país. Además, en la vecina Sumatra la erupción de un volcán estos días hace que el aire de Malaysia se llene de una neblina que apenas deja ver los edificios y de un aire insalubre de respirar, tal es así que a veces cierran los colegios para que los niños se queden en casa.

El 1 de marzo entraba en Kuala Lumpur sin tener ni idea de que pasaría nueve días en la ciudad. La culpa de Javier, un español afincado desde hace 20 años por estas tierras y un anfitrión inmejorable que allanó mi camino y de cuya mano pude volver a saborear la tan extrañada comida española. Me presentó a varios cocineros españoles y disfruté como un lobo hambriento comiendo albóndigas, tortilla española, choricitos, un buen vino Rioja y, por supuesto, una paella excelente, ¡gracias Pedro! Paseé varios días en casa de Rosa, otra española en Kuala Lumpur, y el hotel Meliá tuve el gran detalle de ofrecerme varias noches gratis durante mi estancia en la capital, ¡gracias Jero! Mientras tanto, haciendo más entrevistas, actualizando redes sociales, proyectando mi itinerario futuro y cambiando las cubiertas de las ruedas traseras del carro por tercera vez en el viaje. Es curioso porque, si bien en Europa había realizado dos cambios de cubiertas en 5000kms, había recorrido prácticamente toda Asia con el mismo par, unos 9000kms, debido a la mejor calidad de éstas últimas. En el poco tiempo que tuve libre aproveché para acercarme a las torres Petronas, dar una charla sobre mi viaje en un club de fitness y seguir probando nuevos platos como el pez raya o las ranas caramelizadas, siempre de la mano de mi amigo Javi.

El 10 de marzo emprendí de nuevo la marcha hacia el sur, esta vez acompañado por Rahim, un iraní que lleva ya 16 años viviendo en Malaysia. Días de mucho calor y la falta de práctica hicieron que le fueran saliendo unas ampollas cada vez mayores. Sin embargo, no se quejó ni una vez, ya quisiera yo ese aguante y esa capacidad de sufrimiento, yo cada vez veía que caminaba más despacio y se iba retrasando. Recorrimos varias poblaciones como Bandar Tasik Kesuma, Seremban, Tampin…mientras íbamos intercambiando sensaciones y experiencias de nuestras vidas, siempre resulta interesante caminar acompañado, pues es otra forma de aprendizaje. A  la altura de Malacca tomamos la decisión de que lo mejor sería que volviera para casa y descansara unos días sus fatigados pies.

Yo me tomé un día libre en Malacca, ciudad colonial portuguesa con una rica amalgama como la de Penang, con iglesias católicas como la de san Javier, templos budistas y su barrio chino. Además, dio la enorme casualidad de que justo esos días estaba también por ahí mi amigo René, el chico que me había invitado a su barco en Langkawi quien, ni corto ni perezoso, al día siguiente se calzó los patines y decidió acompañarme patinando hasta Singapur, cerca de 200 kilómetros aguantando la solanera y los chaparrones que a mediodía empezaron a caer afortunadamente esas fechas. Otro valiente, sin duda, y el día de mi primer aniversario (21 de marzo de 2013 - 21 de marzo de 2014) tras un año justo recorriendo el mundo a pie, dejamos atrás la población malaya de Johor Bahru y atravesamos juntos caminando el puente que une Malaysia y Singapur. No había mejor manera de celebrar el aniversario que entrando en el que ya era mi decimoséptimo país con más de 14.000kms en mis piernas. No tenía muy claro si sería posible cruzar dicho puente a pie, pero no sólo lo fue, sino que además me hice fotos con la policía fronteriza asombrada con mi viaje.

No vi mucho de Singapur, la verdad, exceptuando que lo recorrí de norte a sur caminando, no me dediqué a hacer turismo por falta de tiempo. El 24 volaba de Singapur a Jakarta, capital de la indonesa isla de Java, y debía preparar equipaje y trabajar en la web y las redes sociales. La idea de recorrer Indonesia fue una decisión de última hora, pues yo de hecho tenía mi billete sacado para volar desde Singapur directamente a Darwin. Pero ante el hecho de tomarme con calma Malaysia y creer conveniente aprovechar que estoy por estas latitudes para conocer algunas islas de los mares del sur, decidí cambiar el billete a Jakarta  y caminar por las islas de Java y Bali antes de pasar al que será mi tercer continente: Australia, en poco más de un año.

Me siento fuerte, voy como una locomotora a toda máquina, sin olvidar que caminar es el medio de trasporte más lento y la mejor manera de conocer los sitios, pues lo ves todo. Tengo un visado de 30 días para recorrer ambas islas, mil y pico kilómetros con mucha humedad, un calor abrasador desde las 7 de la mañana y un tráfico peligroso que hacen que deba extremar las precauciones. No olvidemos que estoy en el ecuador, desde hace unos días, en el hemisferio sur. Es la primera vez en mi vida que estoy en este hemisferio y, ni que decir tiene, tan lejos de casa.

Además de cambiar las cubiertas de las ruedas del carro, cosa que tuve que volver a hacer en Singapur por cuarta vez en el viaje (pues las de Kuala Lumpur no me salieron nada buenas, menos mal que les estoy dando rodaje ahora antes de adentrarme en Australia), he cambiado también mis zapatillas. Estos días estrenaba ya mi tercer par e Indonesia me servía de puesta a punto. Cambiar de zapatillas es un riesgo, sobre todo haciendo distancias tan largas, y mis sospechas se confirmaron. Al segundo día de estrenarlas me salieron dos ampollas, una en cada pie exactamente en el mismo sitio, prácticamente os diría que las primeras que me salen en todo el viaje. Bueno, pues lo que se hace en estas situaciones, las curas por la noche, las dejas al aire mientras duermes para que se sequen y te las vendas al día siguiente para caminar. Sentía dolor, pero si os digo la verdad, viendo a la gente cavar zanjas a pico y pala, a chavales cargando camiones de piedras a mano o recogiendo arroz bajo este sol de justicia, mi dolor de ampollas resultaba irrisorio. Al día siguiente, habían desaparecido.

Más adelante os contaré qué tal mi caminata por Indonesia donde, además de bastante calor y humedad, hay una gente estupenda, acogedora y hospitalaria.

Un abrazo, y disfruten.

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ÁVIDO DE VIDA

Rayos y truenos partiendo el cielo,

resquebrajando el firmamento,

y un temblor recorriendo mi espíritu

ávido de vida.

Llueve a raudales,

aguas torrenciales llevándoselo todo por delante,

y yo caminando bajo la tormenta con sed de aventura

y de plenitud.

No hace frío, tampoco calor,

no hay cansancio a lomos de mi caballo

cabalgando hacia la victoria, siempre

a la conquista de lo imposible.

El mundo es nuestro,

una extraña fuerza indómita corre por mis venas

presa de un hechizo, de un embrujo,

saberme invencible buscando mis límites.

En comunión con la naturaleza y los elementos

se aviva el instinto,

se tensan los músculos

y se despierta la bestia.

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BUENA GENTE, LA GENTE BUENA

Detrás de una gran historia, de un personaje famoso, un líder o un cargo importante…detrás de un director de cine, de una banda de música, un  programa de televisión o una obra de teatro, están siempre el trabajo, el tiempo, el apoyo  y el esfuerzo, el amor, el cariño y la dedicación de un grupo de personas sin las cuales esa historia, ese personaje o esa película serían imposibles.

Desde el primer instante en el que decidí emprender este viaje, esta aventura alrededor del mundo, y hasta el día de hoy, he tenido la gran fortuna, la suerte enorme de estar arropado en todo momento por el apoyo y el cariño de gente fantástica, personas que son los verdaderos artífices de esta historia, el motor que me empuja y me lleva en volandas, los que con su buen corazón y su ayuda infinita hacen que este puente entre el mundo de los sueños y la realidad sea posible.

Mi queridísima familia, poderoso viento a favor y sustento vital en tamaña aventura, Paz y Bruno ayudándome incondicionalmente con su tiempo, su esfuerzo y su fe desde el primer día, mis amigos…Todavía me acuerdo del día que salí de Madrid, del kilómetro 0 en la plaza de Sol, arropado por familiares, amigos, niños, estudiantes y mucha gente a la que no conocía y que quiso acercarse a darme un abrazo y desearme fuerza y la mejor de las suertes en esta aventura, no pudo haber mejor manera de comenzar este viaje.

Cuántas personas he conocido desde entonces, cuántos corazones me han abierto las puertas de sus casas, cuántas sonrisas y miradas luminosas llenas de vida, ilusión y bondad han alumbrado mi camino, cuántas manos me han tendido su ayuda sin esperar nada a cambio haciendo que los próximos pasos de esta caminata fueran posibles… Lucía y su familia en Mondéjar, Mayte, Jaume y Marina en Figueres, Sandra, Nuria y Esther en Italia, Lara y Ziva en Eslovenia, Vedrana en Croacia, Aleksandra y Dragan en Serbia, Alejandro, Simon, Araz y Susi en Armenia, Hamdolla, Farhad, Pari y Freydoun en Irán, Udayan Parmar en India, Kamrul en Bangladesh, Javier, Vijay y Rosa en Malaysia…todos únicos y especiales, caminan conmigo. Y cientos de personas con los que he compartido un plato de comida, unos instantes de conversación, y de silencio, una sonrisa de complicidad, una noche bajo las estrellas, escribiendo la historia con pequeñas historias, gente que me ha acompañado caminando durante kilómetros, que me ha enseñado con el ejemplo y me ha indicado una dirección, que me ha invitado a dormir en su casa, que está ahí cada día con sus mensajes de apoyo o esperándome en algún lugar del camino, momentos únicos e irrepetibles en un viaje que está hecho de retales, el viaje de la vida.

Porque son los demás los que le dan sentido a la existencia, los que sin yo ser nadie le hacen sentir a uno importante, aquellos a los que, ante tal derroche de generosidad, sólo me queda decirles una cosa: GRACIAS DE CORAZÓN.