HIJOS DEL BIENESTAR

En occidente, aunque no sé muy bien cuál es el occidente de un planeta redondo, creemos que por el simple hecho de nacer tenemos derecho a una serie de ventajas y comodidades. Pero no es así, ni es nuestro privilegio ni nadie nos lo va a garantizar, por mucho que lo escribamos en papeles como la Constitución. Algo parecido ocurre con la declaración de los Derechos humanos.

Mire usted, la vida es cruda, todavía vivimos con la ley de la jungla y en los momentos difíciles esto es un sálvese quien pueda, nadie va a venir a salvarle el culo, y menos aquellos en los que ha decidido delegar su vida. Hemos elegido construir nuestra sociedad sobre valores como el egoísmo y la competitividad frente a otros como el altruismo y la cooperación, las dificultades paren verdades como templos y los momentos de crisis, entre otras cosas, sirven para ver en qué lugar está cada uno.

Por otro lado, olvidamos que nuestro estado del bienestar ha sido edificado sobre el malestar de otros países y de un planeta que está enfermando para que occidente, el primer mundo, pueda vivir en la abundancia y la comodidad. Y así, el sueño de muchos es ser millonario y que las cosas cuesten muy poco para poder comprarlas todas. Pero olvidamos también que todas esas cosas, desde las más básicas como la luz, el agua caliente, la calefacción… por no hablar de los móviles, los coches, televisores y demás artilugios de los que  nos gusta rodearnos, son un lujo que le supone un alto coste al planeta, un planeta saqueado y explotado por encima de sus posibilidades por nuestra codicia y vagancia.

Saqueamos la tierra, contaminamos el aire, los ríos, los mares, quemamos y deforestamos los bosques, tenemos un mundo precioso y lo estamos llenando de humo, asfalto y basura, de torres de alta tensión y antenas de repetición, de radiaciones, no tenemos tiempo para pasarlo con nuestros hijos y padres por las prisas y el frenético ritmo de vida que llevamos y nos da igual, no se nos ocurre parar el tren y decir: yo me bajo.

Estamos automatizados, teledirigidos, nos roban, nos mienten, se mofan en nuestra cara, nos suben cada vez más el precio de las cosas, los bancos nos quitan las casas y sólo se nos ocurre protestar por el cauce que nos han marcado: haciendo manifestaciones, ¡qué falta de valor y de creatividad! Ni se nos pasa por la cabeza sacar nuestro dinero del banco, apagar la calefacción y abrigarnos, ducharnos con agua fría. Llevaríamos a la quiebra a toda esta panda de miserables ladrones a los que ni nosotros ni el planeta importamos una mierda. La vida tal vez fuera más dura, pero también sería más nuestra, gratificante y digna. Y nosotros, más fuertes.

Porque al capitalismo le interesa una sociedad débil y dependiente, pues cada nueva necesidad creada es una nueva oportunidad de negocio y lucro. Por eso, hay que estar atento a cuánto necesita uno las cosas, pues los miserables están dispuestos a cobrarnos un alto precio por ellas…hasta la dignidad.

Sin embargo, empiezo a pensar que la sociedad no quiere dignidad, ni libertad, sólo un trabajo y unas comodidades mientras las cosas sigan su cauce tranquilo y anestesiado. Como dice Kase.O: “Casi cambié mis ideales por los del bienestar, y mientras otros estén mal a mí me da igual.” Egoísmo puro. O como dice Cortázar: “Va a ser que los peces ya no quieren abandonar la pecera, ya apenas tocan el cristal con la nariz.”

HOMBRES Y MUJERES DE VERDAD

En una sociedad en crisis hacen falta cambios en los existentes modelos económicos, políticos y sociales. Pero, sobre todo, en una sociedad cada vez más desorientada, débil, dependiente y consumista hacen falta verdaderos y profundos cambios en los propios valores humanos sobre los que se asientan dichos modelos. Hacen falta un hombre y una mujer nuevos para crear una nueva realidad.

Hombres y mujeres libres y valientes que no se callan con dinero, capaces de romper las ataduras que los condenan, de superar las barreras del confort y la comodidad que los someten, y apostar por un mundo mejor. No sólo de vivir con poco, si no de disfrutar con ello, de encontrar en la sencillez, la humildad y la sobriedad el camino a la libertad y la grandeza del ser humano.

Hombres y mujeres bravos para los que el sentido común no sea un acto heroico sino un deber para con el mundo y un compromiso con ellos mismos.

Hombres y mujeres con ética, sensibilidad y un par de cojones, con la cabeza bien amueblada y puesta en su sitio.

Hombres y mujeres que miren más allá de su propio ombligo, asuman las consecuencias de sus actos y sepan reconocerse en las injusticias y el dolor ajeno.

Hombres y mujeres valientes que no vuelvan la cabeza y miren para otro lado, sino que miren a la vida a la cara y sepan afrontar sus miedos y fantasmas con honestidad.

Hombres y mujeres que empuñan la verdad con una mano mientras con la otra enarbolan un amor inmenso enraizado hasta sus corazones.

Hombres y mujeres dulces capaces de aprender y crear jugando, y tan fieros que son capaces  de mantener a raya al mismo diablo.

Hombres y mujeres sin artificios que llaman a las cosas por su nombre y desenmascaran a los corruptos y farsantes de un plumazo y sin remilgos, porque no hay mayor ofensa que la mentira, y este mundo está lleno de embaucadores y vendedores de motos.

Hombres y mujeres de verdad, no de celuloide ni de cartón-piedra como los pilares de esta sociedad de imitadores que estamos construyendo, frágil y endeble, que se resquebraja ante la mínima amenaza.

Hombres y mujeres auténticos hechos de acciones, no de palabras ni de poses, que saben del milagro de estar vivos y, porque lo quieren todo, lo dan todo cada día, sin excusas.

Hombres y mujeres capaces de amar a sus padres, a sus hijos, hermanos, amigos, parejas, y de cuidar el mundo en el que viven, porque han recorrido la senda y se conocen a sí mismos.

Hombres y mujeres capaces de aceptar retos, de caerse y levantarse, que no se compadecen de sí mismos ni se esconden tras extraños entramados.

Un hombre y una mujer nuevos alzando unos valores que, en el fondo, han existido siempre: dignidad, nobleza, honestidad, cooperación, altruismo, generosidad, libertad, paz, amor…tan faltos en las sociedades y los gobiernos del mundo entero.

Hombres y mujeres de verdad caminando juntos por un mundo más bello y justo.

DESDE INDONESIA

Estoy en una comisaría de policía de Cirebon, en la isla de Java (Indonesia), pero tranquilos, no he cometido ninguna fechoría. Simplemente, llevaba ya 50 kilómetros caminando, estaba anocheciendo y no encontraba un lugar para pernoctar, así que me he acercado a preguntar. Aquí, por ser europeo, lo tratan a uno de Mr., al igual que en la India de Sir. Eso significa que te suelen dar un trato de superioridad y confianza, por lo que no es difícil que te dejen un lugar donde dormir cuando no encuentras un lugar seguro para acampar o un hotel. Hace unas noches una familia me preparó un futón en una mezquita donde me acribillaron los mosquitos y ayer sin ir más lejos dormí en otra comisaría. De todas formas, os podréis imaginar, aquí las comisarías son algo diferentes.

Si mal no recuerdo, la última vez que os escribí fue en Langkawi, mi primera parada en Malaysia, una linda isla perteneciente a un archipiélago de 104 islas en el estrecho de Malacca y bañada por el mar de Andaman. Pasé allí una semana descansando tras los duros meses de caminata anteriores por la India, Nepal, Bangladesh, y acuciado por el tiempo del visado en Tailandia. Recibí la invitación de un chico, René, a pasar unos días en el barco en el que él vivía, “Little Do”, un bonito velero blanco amarrado en el muelle del Royal Yatch Club de Langkawi y, sin pensármelo mucho, fui para allá. De la mano de Vijay, uno de los mejores guías turísticos de la zona, pude disfrutar de varias excursiones (Cable Car, Underwater World, Geopark Dayang Bunting Marble…), beber agua de coco viendo atardecer desde la playa de Pantai Cenang o probar la sabrosa barracuda con salsa de pimienta. También me picó un jelly fish bañándome de noche en el mar a la luz de la luna y realicé varias entrevistas para diferentes medios malayos (RTM1, Harian Metro), conforme iba aprendiendo mis primeras cosas de este nuevo país y me introducía poco a poco en esta nueva cultura.

Reanudé la marcha el 15 de febrero con algo de pereza, todo hay que decirlo, pero tocaba volver al camino. A los pocos minutos de hacerlo, a la altura de Kuala Perlis, vi un animal de más de un metro de longitud y apariencia de cocodrilo arrastrándose entre la maleza. Hablando con los locales, me explicaron que se trataba de varanos, lagartos que pueden llegar a medir los dos metros y que frecuentan los ribazos de la carretera, en torno a los canales y charcas. Me llevé un buen susto, y en seguida empecé a pensar en la imposibilidad de acampar al aire libre. Poco me duraría la preocupación, la mejor manera era comprobarlo. Al día siguiente, pasado Bedong y cerca de Penang, en Butterworth para ser más exactos, ya al atardecer, me acerqué a un grupo de jornaleros que estaban trabajando el campo a ver qué les parecía si acampaba en las inmediaciones. Me recomendaron dormir en alto para evitar desagradables sorpresas (varanos y serpientes), por lo que esa noche la dormí profundamente en una especie de chamizo elevado un metro del suelo con mi saco y mi tela mosquitera.  Todo hay que decirlo, antes de coger la horizontal y planchar la oreja (grandes frases recogidas del acervo familiar), estuvimos bebiendo un extracto extraño preparado con las hojas de un árbol de cuyo nombre ya no me acuerdo. Eran musulmanes y no bebían alcohol, pero el humano siempre ha destacado por su ingenio y curiosidad…

Al día siguiente, tras vacilar varias veces, decidí dirigirme a Penang, una bonita e interesante ciudad en la que pasé dos días paseando por sus calles con una rica amalgama de templos budistas chinos, hindúes, mezquitas musulmanas e iglesias católicas, reminiscencias de años de colonialismo  británico, como el Fort CornWallis, y disfrutando de las pinturas callejeras de Ernst Zacharevic y de una rica gastronomía. Mi paso por India no fue muy agradable y me marché de ese país con algo de confusión: al igual que no sabía si volvería algún día, tenía la sensación de que no me había enterado de mucho y que tal vez se mereciera más adelante una segunda visita, una nueva oportunidad. Pues bien, en Penang me sorprendí visitando templos hinduistas atraído por la música y comiendo varias veces en restaurantes hindúes, saboreando con morriña viejas sensaciones de aquel país, olores, sabores, e incluso hablando con los camareros alguna que otra palabra que recordaba en hindú…La mañana en que decidí emprender de nuevo la caminata estuve haciendo una entrevista con los chicos del periódico “The Star”, artículo que titularon “Un viaje de fe y esperanza”, todo un honor.

Mucho calor es la tónica de los días siguientes, bebiendo cerca de 5 litros diarios de agua a través de Bangar Serai, Taiping, Ipoh, Kampar…¿Y las noches?, llamando a las puertas preguntando si me dejaban un lugar donde dormir. La respuesta, siempre sí. Así, dormí en  lugares como jardines de familias que me abrieron las puertas de su casa, incluso me invitaban a cenar, o en iglesias (gerejas). Me llama mucho la atención la intensidad con la que mucha gente vive la religión en Asia, en contraste con una Europa cada vez menos religiosa. En numerosas ocasiones y en todos los países me han preguntado por mi religión, como buscando una complicidad. Yo siempre respondo, aun a riesgo de no ser entendido, que yo creo en las buenas personas (y, en cierto modo, guardándome también las espaldas), independientemente de su país o su religión. Otras veces he saludado a un musulmán con un Salom Malekun y he podido notar un leve brillo de alegría en sus ojos. En Kampar tuve la suerte de poder hablarle de mi viaje a un grupo de estudiantes universitarios católicos, muy sorprendidos con la hazaña. Esa noche la pasé en la iglesia del pueblo gracias al padre Eloysius, y al día siguiente dos de los estudiantes, Leon y Jude, decidieron acompañarme como dos valientes durante más de 20 kilómetros sufriendo bajo el sol abrasador. Para mí fue un gesto bonito, ya que llevaba mucho tiempo caminando solo, y estos dos chavales tuvieron el detalle y el coraje.

La razón por la que hacía tanto calor es que llevaba varios meses sin llover. Los meses de invierno corresponden por estas latitudes con la estación seca (las lluvias fuertes, monzones, caen en verano) Sin embargo, a pesar de ello, los años anteriores solía llover una horita todos los días en estas fechas refrescando el ambiente e hidratando la tierra, pero no ahora: el tiempo está cambiando en todo el planeta, hablando con una amiga me decía que está pasando lo mismo en Perú. Malaysia ha sido siempre un país con abundante agua fruto de sus elevadas precipitaciones anuales por lo que no se han tenido que preocupar nunca de construir embalses ni pantanos para almacenarla. Ahora, en la capital por ejemplo (Kuala Lumpur) están cortando el agua de las casas porque no llueve y no la tienen tampoco almacenada. Las palmeras amarillas, la vegetación secándose, e incendios proliferando por todo el país. Además, en la vecina Sumatra la erupción de un volcán estos días hace que el aire de Malaysia se llene de una neblina que apenas deja ver los edificios y de un aire insalubre de respirar, tal es así que a veces cierran los colegios para que los niños se queden en casa.

El 1 de marzo entraba en Kuala Lumpur sin tener ni idea de que pasaría nueve días en la ciudad. La culpa de Javier, un español afincado desde hace 20 años por estas tierras y un anfitrión inmejorable que allanó mi camino y de cuya mano pude volver a saborear la tan extrañada comida española. Me presentó a varios cocineros españoles y disfruté como un lobo hambriento comiendo albóndigas, tortilla española, choricitos, un buen vino Rioja y, por supuesto, una paella excelente, ¡gracias Pedro! Paseé varios días en casa de Rosa, otra española en Kuala Lumpur, y el hotel Meliá tuve el gran detalle de ofrecerme varias noches gratis durante mi estancia en la capital, ¡gracias Jero! Mientras tanto, haciendo más entrevistas, actualizando redes sociales, proyectando mi itinerario futuro y cambiando las cubiertas de las ruedas traseras del carro por tercera vez en el viaje. Es curioso porque, si bien en Europa había realizado dos cambios de cubiertas en 5000kms, había recorrido prácticamente toda Asia con el mismo par, unos 9000kms, debido a la mejor calidad de éstas últimas. En el poco tiempo que tuve libre aproveché para acercarme a las torres Petronas, dar una charla sobre mi viaje en un club de fitness y seguir probando nuevos platos como el pez raya o las ranas caramelizadas, siempre de la mano de mi amigo Javi.

El 10 de marzo emprendí de nuevo la marcha hacia el sur, esta vez acompañado por Rahim, un iraní que lleva ya 16 años viviendo en Malaysia. Días de mucho calor y la falta de práctica hicieron que le fueran saliendo unas ampollas cada vez mayores. Sin embargo, no se quejó ni una vez, ya quisiera yo ese aguante y esa capacidad de sufrimiento, yo cada vez veía que caminaba más despacio y se iba retrasando. Recorrimos varias poblaciones como Bandar Tasik Kesuma, Seremban, Tampin…mientras íbamos intercambiando sensaciones y experiencias de nuestras vidas, siempre resulta interesante caminar acompañado, pues es otra forma de aprendizaje. A  la altura de Malacca tomamos la decisión de que lo mejor sería que volviera para casa y descansara unos días sus fatigados pies.

Yo me tomé un día libre en Malacca, ciudad colonial portuguesa con una rica amalgama como la de Penang, con iglesias católicas como la de san Javier, templos budistas y su barrio chino. Además, dio la enorme casualidad de que justo esos días estaba también por ahí mi amigo René, el chico que me había invitado a su barco en Langkawi quien, ni corto ni perezoso, al día siguiente se calzó los patines y decidió acompañarme patinando hasta Singapur, cerca de 200 kilómetros aguantando la solanera y los chaparrones que a mediodía empezaron a caer afortunadamente esas fechas. Otro valiente, sin duda, y el día de mi primer aniversario (21 de marzo de 2013 - 21 de marzo de 2014) tras un año justo recorriendo el mundo a pie, dejamos atrás la población malaya de Johor Bahru y atravesamos juntos caminando el puente que une Malaysia y Singapur. No había mejor manera de celebrar el aniversario que entrando en el que ya era mi decimoséptimo país con más de 14.000kms en mis piernas. No tenía muy claro si sería posible cruzar dicho puente a pie, pero no sólo lo fue, sino que además me hice fotos con la policía fronteriza asombrada con mi viaje.

No vi mucho de Singapur, la verdad, exceptuando que lo recorrí de norte a sur caminando, no me dediqué a hacer turismo por falta de tiempo. El 24 volaba de Singapur a Jakarta, capital de la indonesa isla de Java, y debía preparar equipaje y trabajar en la web y las redes sociales. La idea de recorrer Indonesia fue una decisión de última hora, pues yo de hecho tenía mi billete sacado para volar desde Singapur directamente a Darwin. Pero ante el hecho de tomarme con calma Malaysia y creer conveniente aprovechar que estoy por estas latitudes para conocer algunas islas de los mares del sur, decidí cambiar el billete a Jakarta  y caminar por las islas de Java y Bali antes de pasar al que será mi tercer continente: Australia, en poco más de un año.

Me siento fuerte, voy como una locomotora a toda máquina, sin olvidar que caminar es el medio de trasporte más lento y la mejor manera de conocer los sitios, pues lo ves todo. Tengo un visado de 30 días para recorrer ambas islas, mil y pico kilómetros con mucha humedad, un calor abrasador desde las 7 de la mañana y un tráfico peligroso que hacen que deba extremar las precauciones. No olvidemos que estoy en el ecuador, desde hace unos días, en el hemisferio sur. Es la primera vez en mi vida que estoy en este hemisferio y, ni que decir tiene, tan lejos de casa.

Además de cambiar las cubiertas de las ruedas del carro, cosa que tuve que volver a hacer en Singapur por cuarta vez en el viaje (pues las de Kuala Lumpur no me salieron nada buenas, menos mal que les estoy dando rodaje ahora antes de adentrarme en Australia), he cambiado también mis zapatillas. Estos días estrenaba ya mi tercer par e Indonesia me servía de puesta a punto. Cambiar de zapatillas es un riesgo, sobre todo haciendo distancias tan largas, y mis sospechas se confirmaron. Al segundo día de estrenarlas me salieron dos ampollas, una en cada pie exactamente en el mismo sitio, prácticamente os diría que las primeras que me salen en todo el viaje. Bueno, pues lo que se hace en estas situaciones, las curas por la noche, las dejas al aire mientras duermes para que se sequen y te las vendas al día siguiente para caminar. Sentía dolor, pero si os digo la verdad, viendo a la gente cavar zanjas a pico y pala, a chavales cargando camiones de piedras a mano o recogiendo arroz bajo este sol de justicia, mi dolor de ampollas resultaba irrisorio. Al día siguiente, habían desaparecido.

Más adelante os contaré qué tal mi caminata por Indonesia donde, además de bastante calor y humedad, hay una gente estupenda, acogedora y hospitalaria.

Un abrazo, y disfruten.

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ÁVIDO DE VIDA

Rayos y truenos partiendo el cielo,

resquebrajando el firmamento,

y un temblor recorriendo mi espíritu

ávido de vida.

Llueve a raudales,

aguas torrenciales llevándoselo todo por delante,

y yo caminando bajo la tormenta con sed de aventura

y de plenitud.

No hace frío, tampoco calor,

no hay cansancio a lomos de mi caballo

cabalgando hacia la victoria, siempre

a la conquista de lo imposible.

El mundo es nuestro,

una extraña fuerza indómita corre por mis venas

presa de un hechizo, de un embrujo,

saberme invencible buscando mis límites.

En comunión con la naturaleza y los elementos

se aviva el instinto,

se tensan los músculos

y se despierta la bestia.

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BUENA GENTE, LA GENTE BUENA

Detrás de una gran historia, de un personaje famoso, un líder o un cargo importante…detrás de un director de cine, de una banda de música, un  programa de televisión o una obra de teatro, están siempre el trabajo, el tiempo, el apoyo  y el esfuerzo, el amor, el cariño y la dedicación de un grupo de personas sin las cuales esa historia, ese personaje o esa película serían imposibles.

Desde el primer instante en el que decidí emprender este viaje, esta aventura alrededor del mundo, y hasta el día de hoy, he tenido la gran fortuna, la suerte enorme de estar arropado en todo momento por el apoyo y el cariño de gente fantástica, personas que son los verdaderos artífices de esta historia, el motor que me empuja y me lleva en volandas, los que con su buen corazón y su ayuda infinita hacen que este puente entre el mundo de los sueños y la realidad sea posible.

Mi queridísima familia, poderoso viento a favor y sustento vital en tamaña aventura, Paz y Bruno ayudándome incondicionalmente con su tiempo, su esfuerzo y su fe desde el primer día, mis amigos…Todavía me acuerdo del día que salí de Madrid, del kilómetro 0 en la plaza de Sol, arropado por familiares, amigos, niños, estudiantes y mucha gente a la que no conocía y que quiso acercarse a darme un abrazo y desearme fuerza y la mejor de las suertes en esta aventura, no pudo haber mejor manera de comenzar este viaje.

Cuántas personas he conocido desde entonces, cuántos corazones me han abierto las puertas de sus casas, cuántas sonrisas y miradas luminosas llenas de vida, ilusión y bondad han alumbrado mi camino, cuántas manos me han tendido su ayuda sin esperar nada a cambio haciendo que los próximos pasos de esta caminata fueran posibles… Lucía y su familia en Mondéjar, Mayte, Jaume y Marina en Figueres, Sandra, Nuria y Esther en Italia, Lara y Ziva en Eslovenia, Vedrana en Croacia, Aleksandra y Dragan en Serbia, Alejandro, Simon, Araz y Susi en Armenia, Hamdolla, Farhad, Pari y Freydoun en Irán, Udayan Parmar en India, Kamrul en Bangladesh, Javier, Vijay y Rosa en Malaysia…todos únicos y especiales, caminan conmigo. Y cientos de personas con los que he compartido un plato de comida, unos instantes de conversación, y de silencio, una sonrisa de complicidad, una noche bajo las estrellas, escribiendo la historia con pequeñas historias, gente que me ha acompañado caminando durante kilómetros, que me ha enseñado con el ejemplo y me ha indicado una dirección, que me ha invitado a dormir en su casa, que está ahí cada día con sus mensajes de apoyo o esperándome en algún lugar del camino, momentos únicos e irrepetibles en un viaje que está hecho de retales, el viaje de la vida.

Porque son los demás los que le dan sentido a la existencia, los que sin yo ser nadie le hacen sentir a uno importante, aquellos a los que, ante tal derroche de generosidad, sólo me queda decirles una cosa: GRACIAS DE CORAZÓN.

EL DÍA PERFECTO

En esta Gran Caminata alrededor del mundo, el día perfecto es aquel en el que he descansado mis nueve horitas sin interrupciones y me despierto como nuevo, tomo un potente y variado desayuno a base de fruta, salado y dulce, recojo el campamento seco porque no ha llovido durante la noche, pero el cielo está nublado y sopla una ligera y agradable brisa meciendo las copas de los árboles, por lo que el aire es fresco y las nubes se interponen entre el sol y mi cabeza. El desnivel es suave, con leves ondulaciones a través de un paisaje verde, atravesando bosques, montañas y praderas floridas. Los ríos serpentean y cantan a mi alrededor, en el cielo planean las águilas y delante mío un par de mariposas revolotean juguetonas indicándome el camino. Llevo comida y agua abundante en el carro, pero curiosamente hoy lo encuentro muy ligero. Voy echando fotos, observando atento huellas, rastros y animales que hay a mi alrededor, y parando de vez en cuando a escribir inspirado por la belleza del paisaje. De vez en cuando me encuentro con algún campesino o pastor, intercambiamos unas sonrisas y proseguimos cada uno nuestra senda. Camino ágil, fuerte, elástico, en sintonía con el entorno y con la vida, en armonía con un mundo que me parece muy lindo, y yo afortunado de estar donde estoy, henchido de amor. El día va pasando y, sin apenas darme cuenta, he recorrido cerca de 50 kilómetros. La tarde comienza a caer, el sol cerca del horizonte me avisa de que vaya buscando un sitio donde pernoctar, y encuentro uno idílico, tranquilo, plano y mullido en una ladera al abrigo de unos árboles desde la que diviso un lago y las cumbres de las montañas que me rodean. Los pájaros cantan desde las copas despidiéndose de los últimos rayos con su jolgorio, y llega la noche, el cielo se llena de estrellas y yo escribo unas últimas líneas dentro de mi tienda, a la luz del frontal, con la enorme satisfacción y la sensación de haber aprovechado muy bien el día. Cierro los ojos y me dispongo a conciliar un sueño reparador…pero estos días, amigos míos, son eso, sólo un sueño que se da muy de vez en cuando.

La inmensa mayoría de los días me despierto varias veces por la noche, rascándome por las picaduras de los mosquitos, oyendo ruidos extraños en la oscuridad alrededor de la tienda (con la amenaza de lobos, osos, serpientes, monos, leopardos…), acojonado por los rayos y el chaparrón que la tormenta está lanzando sobre mí, o si he acampado en un sitio demasiado expuesto, preocupado porque no me roben el carro o me despierte la policía. Me suelo levantar mojado, si no es por la lluvia, es por el sudor del calor que hace o por el rocío de la mañana, por lo que la tienda rara vez la recojo seca. Por lo general, me pongo en camino en ayunas, o con apenas una pieza de fruta y chocolate en mi estómago, y sin una fuente de agua donde poder lavarme y asearme antes de ponerme en marcha. Si lleva más de dos o tres días seguidos lloviendo es difícil que la ropa se seque, por lo que toca ponérsela mojada recién levantado, y no es una sensación agradable. Otras veces, comienzas ya el día empujando el carro por interminables cuestas bajo un sol abrasador, agachando la cabeza y peleando cada paso, cada metro, expulsando calaveras y diablitos, o ausentándote sencillamente y dejando volar la mente lejos del lugar en el que estás, algunos lo llaman “meditar”. Otros días pinchas una rueda, o toca caminar entre el tráfico asfixiante, o entrar en una ciudad caótica, o se te rompe el carro, la tienda o algún elemento del material, o no encuentras dónde comer, o precisamente has comido algo que te ha sentado mal y te vas cagando detrás de los arbustos, o te roza la ropa de la humedad que hay y se te irrita la piel, o cierta melancolía invade tus miembros y has de luchar porque no los anule. O también puede ser que se den todas juntas en un mismo día. Los 50 kilómetros es algo que viene de serie en mis zapatillas, y no sé cómo lo hago, pero sea verano, invierno, llueva o haga sol, es una distancia que hago casi todos los días, cuando no 60 ó 70 kilómetros. Eso son los días que enfurezco y entro en un estado en el que, si alguien me habla, creo que le devuelvo un rugido por respuesta. A pesar de todo, con semejante paliza en el cuerpo, nada me quita de tener que buscar igualmente un sitio para dormir, bien de nuevo en el suelo con mi tienda y los mosquitos, bien en una cama a la que a veces ni llamaría así, tras una buena ducha con agua fría, unos estiramientos y lavar mi ropa frotándola a mano con una pastilla de jabón.

Pues bien, amigos, esos días son realmente los perfectos, los días que te hacen sacar las garras y te ponen en tu sitio, los que te hacen empujar los límites, los que te enfrentan a ti mismo y a tus miedos y te enseñan que “si la mente quiere, el cuerpo puede”, los que te hacen vivir a flor de piel y te colocan ante la vida cruda integrando la dureza y la escasez como un hábito diario, los que te hacen tomar conciencia de lo pequeños y poderosos que somos a la vez, de lo que somos capaces con muy poco o, por lo menos, sin todo aquello sin lo que parece que no se puede vivir, sin lujos y comodidades, tal y como vive en su día a día y con una gran sonrisa en el rostro la inmensa mayoría de la humanidad a lo largo y ancho de todo el planeta.

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DESDE LANGKAWI

Hola amigos.

Os escribo desde Langkawi (“Águila roja” en malayo), una pequeña y hermosa isla de 100.000 habitantes a la que llegué hace unos días procedente de Tailandia. Situada en el estrecho de Malacca y bañada por las aguas del mar de Andaman, en el sudeste asiático, ha sido la primera parada en el que ya es mi decimosexto país en esta Gran Caminata alrededor del mundo: Malaysia. Pero vayamos por partes.

Hace poco más de un mes, allá por el 8 de enero, caía en Bangkok, la capital de Tailandia, procedente de Bangladesh. Las fronteras entre Bangladesh y Myanmar están cerradas por lo que, muy a mi pesar y tras darle varias vueltas tratando de buscar la mejor opción, tomé la decisión de coger un avión y volar desde Dhaka evitando así Myanmar.

Había oído comentarios acerca de lo caótico que resultaba Bangkok pero, la verdad, después de haber cruzado en los meses anteriores Teherán, Nueva Delhi, Katmandhú y Dhaka, la capital de Tailandia me pareció  de lo más limpia, organizada y repleta de comodidades. Pasé una semana en la ciudad esperando un paquete procedente de España con Eurartesín (una medicación de emergencia en caso de contraer la malaria), descansando y aprovechando para conocer la ciudad.

Especial atención merece el Gran Palace, la decimosexta maravilla del mundo, con el templo del Buda Esmeralda en su interior. Además, pude visitar también el Wat Pho temple, donde recibí un magnífico y doloroso  masaje tailandés (cosa que ansiaba ya desde Irán), subir hasta la pagoda dorada del Wat Saket (Golden Mount) con sus excelentes vistas sobre la ciudad, dar una vuelta en ferry por el Chao Phraya (el río de Bangkok con sus casas flotantes) o pasear por Chinatown. Además, tuve la suerte de poder contar con la ayuda de Kwan y Yok, que me ayudaron en mis gestiones durante mis primeros días en este nuevo país.

También, y ya casi como una norma en los países que voy atravesando, Tailandia vivía una situación revuelta políticamente en vísperas de las elecciones. Manifestaciones de millones de personas en las calles bajo el lema “Shut Down Bangkok – Restart Thailand”, con enfrentamientos entre simpatizantes del gobierno de Shinawatra y oposición, y con calles y carreteras cortadas haciendo imposible el acceso a puntos clave de la ciudad.

Así, tras casi una semana en Bangkok, reanudé la marcha hacia el sur de Tailandia rumbo a la frontera con Malaysia de la que me separaban más o menos 1000 kilómetros, una larga distancia para cubrir en los apenas 24 días que me quedaban de visado (el visado tailandés tiene una validez de 30 días). Lo primero que pude apreciar es un calor bastante fuerte acompañado de humedad por la cercanía al ecuador. En estas fechas y por estas latitudes tenemos lo que llaman la estación seca (frente a los monzones de verano), pudiendo alcanzar con facilidad los 35 grados a los que hay que sumar el calor que refracta la carretera, haciendo que a medio día tuviera la sensación de estar caminando sobre una plancha de freír. Resulta vital beber cerca de 4-5 litros diarios, cubrir bien la piel y echarse crema protectora (yo uso de factor +50).

Fui atravesando las poblaciones de Samut Sakhon, Samut Songkhram y Phetchaburi hasta Cha Am, población en la que me reencontré de nuevo con el mar, amigo al que no veía desde la población de Sarp, en la frontera entre Turquía y Georgia, allá por el mes de agosto. Proseguí hacie el sur por la costa este, ya que la costa oeste de la península pertenece a Myanmar, a través de Hua Hin, Pranburi, Thap Sakae…dándome algún baño ocasional en las aguas del golfo de Tailandia y volviendo a dormir de nuevo en mi tienda de campaña, peso que llevaba en el carro y sin usar desde Irán, ya que en India, Nepal y Bangladesh no la empleé. Dormir en la tienda era algo que echaba de menos, es un ritual que te sumerge en un lado más salvaje: buscar un lugar seguro donde montarla, escuchar el canto de los pájaros al atardecer, dormir bajo las estrellas, oír ruidos que no reconoces a tu alrededor, despertarte al alba con los primeros rayos de luz…teniendo cuidado con serpientes, arañas, mosquitos, perros y, por supuesto, humanos. Sin embargo, Tailandia es un país tranquilo y seguro, simplemente saber que significa “Tierra de libertad” y que son budistas me inspiró confianza, y la gente es sonriente y relajada. Con lo que no contaba era con las plantaciones del “árbol de la goma”, Tailandia está repleta de ellas, árboles a los que practican un corte en el tronco para recoger en cuencos el latex que gotea, operación que realizan por las noches. Fueron varias las veces que me despertaron con potentes linternas preguntándome qué hacía ahí acampado.

Tailandia es un país asiático mucho más amable que los que había recorrido con anterioridad, en concreto, me refiero a India y Bangladesh. Prueba de ello es el alto número de turistas que puedes encontrar viajando en estas fechas. Como suelo decir, el viaje se comporta como una onda, a veces arriba y otras abajo en todos los sentidos (geografía, alimentación, ánimo, higiene, descanso…). Por fortuna, después de unos meses más duros, ahora miro Tailandia y Malaysia como un merecido descanso por su benigna atmósfera, a pesar de que sigo teniendo que pelear mis 45kms diarios bajo un sol abrasador y durmiendo en la tienda de campaña. Me he cruzado en el camino con ciclistas y hasta con un caminante, Cêdric, francés que quería ir a pie desde Singapur a Francia.

La alimentación es buena y variada, lo cual se agradece también. Tailandia es un país con gran variedad de frutas: sandías, mangos, cocos, piñas, plátanos, mangostán, el famoso y maloliente Durian…y con una cultura de pescadores, lo que hace que por un precio bajo puedas disfrutar de un pescado a la parrilla. A lo largo de la carretera puedes observar a ambos lados puestos tanto de fruta como de comida, por lo que “repostar” no es ningún problema en absoluto. El único problema son los perros, una vez salió uno de debajo de esos puestos y me mordió en el tobillo con la enorme fortuna de que tampoco me hizo herida, tan sólo me marcó. Y digo tampoco, porque no es el primer perro que me muerde, ya en Bareilly (India) me mordió uno en la rodilla hace unos meses sin provocarme ningún daño.

La moneda tailandesa es el Bath, 1 euro equivale a 40 bath aproximadamente. Como es norma, ya que hablar con mi teléfono español sale muy caro, compré una sim tailandesa, las llamadas y mensajes salen muy baratos, y las llamadas entrantes incluso desde el extranjero son gratuitas, perfecto para hablar con mi familia o realizar alguna entrevista.

Proseguí hacia el sur, intercalando tramos de pequeñas y solitarias carreteras con otros a través de la 4 y la 41, autovías que surcan el país hacia el sur y a las que salía de vez en cuando bien para repostar, bien porque no quedaba más opción. Alcancé las poblaciones de Chumphon, Lamae, Ban Na Doem, Trang…mientras iba pensando a través de qué punto cruzaría la frontera con Malaysia, y dándome cierta prisa, pues mi visado expiraba el 6 de febrero y no quería gastar más dinero en una extensión de visado que cuesta 2000 Bath (50 euros) o en tener que pagar la correspondiente multa por cada día extra de retraso en abandonar el país (1 día = 500 bath). Lo que sí tenía claro era que no abandonaría Tailandia por las provincias del sudeste, es decir, Pattani, Yala y Narathiwat donde, según me dijeron los propios tailandeses, grupos de radicales musulmanes están reivindicando la independencia con violencia y atentados.

Tuve, entonces, la suerte de recibir el email a través de internet de un español, René, que me invitaba a pasar unos días en la isla de Langkawi (Malaysia) en el barco donde vive, “Little Do”, amarrado en el Royal Yatch Club. Me pareció una oferta atractiva y desde el 6 de febrero, día en el que crucé la frontera apurando mi visado hasta el último momento y cogí un ferry desde Tammalang (Satun) a la isla, estoy disfrutando de unos días de merecido relax. Langkawi es un archipiélago de 104 islas y gracias a Vijay (el mejor guía de la zona y contacto que me pasó otro español afincado en Malaysia desde hace 20 años, Javi) estoy pudiendo conocer los mejores lugares de esta hermosa geografía de bella naturaleza (Cable car, Patai Cenang, Underwater World, Dayang Bunting Marble…) y realizar entrevistas para diferentes medios malayos.

Porque en este viaje no todo son penurias y la gente, una vez más, me vuelve a sorprender con su hospitalidad y generosidad. Ahora, con tan buen trato, como ustedes comprenderán, resulta difícil decir adiós y continuar la marcha. De todas formas, tengo un visado de 90 días en Malaysia, así que este país me lo voy a tomar con calma, voy a aprovechar para recuperar fuerzas de nuevo antes del salto a Australia y darle tiempo a que se marche el verano del que será ya mi tercer continente…pero ya les iré contando.

Un abrazo fuerte, sean felices.

Ignacio Dean.

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LAS 3 FUERZAS

Sin ánimo de sentar cátedra, lanzo una reflexión fruto de la observación y la propia experiencia.

Hay una fuerza que es la más fácil de trabajar y la que más llama la atención, tal vez por ser la más estética, es la fuerza del aparato locomotor, una fuerza mecánica: músculos, huesos, tendones, articulaciones…independientemente de si es una fuerza-potencia o una fuerza-resistencia, aeróbica o anaeróbica, y sin olvidar que en ambos casos el verdadero motor o bomba reside en el corazón y en los pulmones. Sin embargo, hay otras dos fuerzas que se suelen pasar por alto y que, desde mi punto de vista, son igual o más importantes.

La primera es la fortaleza del organismo ante entornos agresivos y cambiantes o, cuanto menos, diferentes a aquel en el que está acostumbrado a desenvolverse. Me refiero a la capacidad de adaptación ante modificaciones en la humedad, el calor, la alimentación, el descanso, bacterias que hay en el agua y en el aire…y, en definitiva, a circunstancias diferentes a nuestro ecosistema natural. Sería, por tanto, la fortaleza de nuestras defensas y del sistema inmunitario, una fortaleza más difícil de trabajar y menos visible pero necesaria, ya que un golpe de calor, un alimento o un “bicho” apenas visible son capaces de mandar a casa al más fuerte del gimnasio.

La última fuerza, por supuesto, es la fortaleza mental. La tolerancia de la mente al stress y a las carencias, la resistencia al dolor, la capacidad de sobreponerse a las dificultades, aquella que convierte los problemas en retos, lecciones de aprendizaje y encuentra hasta cierto placer enfrentándose a adversidades. La que te hace superarte y empujar los límites más allá, la que hace que el cuerpo responda, soporte penurias, mantenga la calma, elabore estrategias y tome decisiones cuando la fatiga anula. La que mantiene un objetivo claro cuando apenas puedes articular ya palabra. Mucho se ha dicho sobre esta fortaleza…

En una aventura de esta envergadura, como os podréis imaginar, las tres son importantes e interdependientes. Sin embargo, cuando uno está en su camino haciendo lo que le gusta y quiere y, sobre todo, arropado por una familia y un grupo de gente tan extraordinaria que hace que las cosas vayan rodadas, como es mi caso, la fortaleza que uno requiere no es tanta como la que necesita aquella persona que se encuentra en una situación forzada o indeseada.

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LA HOJA

"Hoy, mientras caminaba hacia a Bang Saphan (Tailandia) iba pensando, como quien piensa en el revoloteo de una mariposa, en el intento de explicar por medio de las matemáticas lo que ocurre en nuestro entorno, en la naturaleza, en la realidad, mediante fórmulas, ecuaciones y constantes que se repiten. Pero al poco, he pensado también que son tantísimas posibilidades e infinitas las variables que, si bien es imposible encontrar una fórmula que abarque y explique la "realidad" y el universo, por lo menos los matemáticos han encontrado un objeto de estudio e ideado un método de acercamiento que no se termina nunca y, por tanto, la diversión durará siempre…

Pues bien, como digo, caminaba a la sombra de unos árboles entretenido en éstas y otras cosas cuando de uno de ellos se ha desprendido una hoja y ha caído a mi lado justo cuando yo pasaba. Y me ha dado por pensar que esa hoja había estado ahí desde siempre, y que era nuestro destino que cuando yo pasara, ella cayera. Que las posibilidades son infinitas, sí, pero ésa era la única de entre todas que podía ocurrir. Que si lo hubiera tratado de calcular, de predecir u organizar nunca hubiera sucedido, llegar desde España caminando hasta este lugar de Tailandia y en el preciso instante en el que la hoja caía…pero ha ocurrido.

Y el destino tal vez exista, y esté escrito en algún lugar, tal vez en nuestra mente. Tú eliges el camino, luego el camino te forja a tí, hasta que más tarde te das cuenta de que ya estaba todo escrito y que sólo podía ser así.”

BANGLADESH

Hola amigos.

Como muchos ya sabréis, el pasado 21 de diciembre dejaba atrás India y la región de Darjeeling para adentrarme en Bangladesh a través del rudimentario puesto fronterizo de Changrabandha-Burimari. Descansé en la única rest-house que hay en esa población, desde donde os escribí el último texto y, al día siguiente, reanudé la marcha rumbo a Dhaka, capital del país y de la que me separaban 500 kilómetros.

Me puse en camino con calma, pues acuciado por el tiempo con que contaba en el visado de tránsito indio, los días anteriores me había dado buenas palizas y me había hecho el propósito de ir más despacio para no agotar el organismo, tratar de descansar y comer lo mejor posible, siempre y cuando las circunstancias lo permitiesen, pues en estos entornos y con las características de un viaje como éste uno no suele disfrutar de las mayores comodidades y la alimentación más equilibrada. A fin de cuentas, ya estaba en Bangladesh y tenía hasta el 16 de enero como fecha límite en mi visado.

Era un país del que tenía muy pocas referencias y al que llegaba, como os podréis imaginar, muy “de sopetón”, sin apenas tiempo para prepararme un poco y allanar el camino. Por no tener, no tenía ni mapa. Sin embargo, pude hacerle una foto a uno que había en la frontera colgado en una pared, y en un post-it escribí la relación de los lugares que pensaba atravesar. Con estas dos socorridas “herramientas”, y preguntando a la gente, tuve de sobra para apañarme.

Así pues, el segundo día alcancé la población de Patgram, a apenas 20 kilómetros de Burimari y a la que llegué a media mañana. Me dirigí al hotel Paradise que, según me recomendaron, era el mejor, por sólo 300 takas (unos 3 euros). Y menos mal, porque según vi la habitación, me dieron las ganas de darme la vuelta y continuar caminando. Son zonas rurales, pobres, y hay que cambiar el chip e ir adaptándose, en todos los sentidos, mental y físicamente. Las camas carecen de colchón, son una estructura de tablas. Las sábanas no las suelen cambiar, por lo que están bastante sucias, al igual que el resto de la habitación, a la que le pasan una escoba y una mopa antes de que entres. Y el baño, pues que deciros, un habitáculo con un agujero en el suelo y un grifo, en el que para entrar unas chancletas son elemento indispensable. Y eso si no te toca compartir la habitación con mosquitos, cucarachas o chinches. Por lo menos pude meter el carro y marcharme a dar una vuelta, a ver si comía algo y encontraba un lugar donde conectarme a internet. Por supuesto, un cyber-café o locutorio es imposible encontrar, sin embargo, tuve la suerte de conocer a un chico que me prestó un USB con el que conectarme y poder trabajar un poco, hablaba inglés y aproveché también para preguntarle cosas de Bangladesh y situarme un poco. En cuanto a la comida, arroz con pollo o cordero (mutton) son las mejores opciones, por unos 100 takas (1 euro). La gente come con la mano, mezclan el arroz con “dhal” o la salsa del pollo, hace pequeñas bolas y se las llevan  a la boca. Yo lo intenté, pero se me cae el arroz de camino a la boca, así que para evitar ponerme perdido y tener que lavar la ropa, pido una cuchara. A ellos eso les parece muy curioso, incluso gracioso, ver a un extranjero comiendo con cubiertos y bebiendo agua mineral embotellada, por lo que te conviertes en el centro de todas las miradas. A un lado del comedor tienen una pila con grifos para lavarte las manos antes y después de comer, y las servilletas las tienes que pedir y te las dan por unidades.

A l día siguiente reanudé la marcha rumbo a Jal Dhaka. Camino por una carretera pequeña y sin tráfico por la que sólo transitan bicicletas, gente a pie y alguna motocicleta esporádicamente. El país vive actualmente una situación convulsa políticamente, por lo que hay huelga en los trasportes y algunas carreteras están cortadas. A mi lado, árboles, huertas y cultivos de patata, arroz y tabaco generalmente, pantanos, aldeas y cabañas, palmeras cocoteras, plataneras y mucho bambú. Es increíble la variedad de usos que le dan al bambú, desde la construcción de casas, bombas para extraer agua, aparejos de pesca, canoas, cestería, pértigas para cortar ramas, las capotas de las rickshaw (bici-taxis)…¡hasta los andamios de los edificios están hechos con cañas de bambú! Y pienso que en las sociedades modernas hemos perdido ese ingenio, esa sabiduría y esa habilidad manual para solventar los problemas diarios. Camino a gusto, atrás quedan los días bulliciosos por las carreteras de India, cantando, echando fotos y entablando mis primeras conversaciones con algunos bangladeshíes que se acercan a mí…es gracioso porque todos, sin excepción, me preguntan lo mismo: what’s your country?, what’s your name? Y what’s that?, refiriéndose al carro. Yo creo que son las tres preguntas que han aprendido todos, y en un inglés “macarrónico”, porque a veces tengo que hacer un esfuerzo por imaginar qué dicen, y en cuanto me salgo del guión la conversación no prospera. A veces se acercan en grupo, se quedan detrás de mí, y me siguen durante varios kilómetros sin decirme nada…Son muy curiosos, a veces te ven venir desde la distancia y salen corriendo al borde de la carretera para verte pasar. Otras, paras a comprar algo o a comer y un corro de gente se forma a tu alrededor observando tus movimientos y estudiando el carro. Pero, igualmente, son gente pacífica. Lo único que no quería era pinchar en mitad de una población, no me quería imaginar tener que arreglar el pinchazo rodeado de tanta gente.

Y así fui avanzando hasta Rangpur, ciudad en la que abandono la pequeña carretera y cojo la N5 rumbo a Dhaka y con un tráfico de nuevo concurrido, sobre todo por los pestilentes camiones conducidos por los aún más locos conductores. Deben pensar que están solos en la carretera y, en vez de frenar, pitan endemoniadamente para que los demás se aparten a su paso, cosa que no siempre ocurre, y no es raro verlos volcados en el ribazo de la carretera. Puestos a ambos lados de la calle, poblaciones cada vez mayores y mucha niebla (sobre todo por las mañanas) son la tónica de los siguientes días a través de Pirganj, Bogra, Sherpur y Sirarganj.

La hombres suelen vestir una especie de pareos (sarong), una tela que se enrollan en torno a la cintura con muchas utilidades (a veces guardan el dinero en los pliegues o dentro del nudo con el que lo sujetan), un pañuelo en la cabeza y sandalias. Me llama la atención que hacen pis en cuclillas. En Bangladesh hay seis estaciones, una cada dos meses: a las cuatro de Europa hay que añadir los monzones (julio y agosto, aunque las lluvias empiezan antes) y un otoño tardío (noviembre y diciembre) que distinguen tras un otoño temprano (septiembre y octubre).Tengo la suerte de haber llegado a Bangladesh en la estación seca, pues en la época de lluvias es muy difícil caminar por estas latitudes. Sin embargo, a pesar de ser invierno y ellos tener frío, desde mi punto de vista hace calor y humedad, con temperaturas en torno a los 20 grados que por la noche pueden descender ligeramente. El único inconveniente es la niebla que, por lo visto, sólo cae en invierno. Suelo levantarme hacia las 5:30-6:00 a.m para estar en marcha cuando el día empieza a clarear, a esas horas se respira cierta atmósfera fantasmal, hasta las 10 ú 11 que comienza a levantarse.

Tal es así que al día siguiente de abandonar Sirarganj tenía que atravesar el gran puente Bangabandhu sobre el río Jamuna (el mayor afluente del Ganges) y quería hacer alguna buena foto, pero me fue imposible. No sólo no veía el río, sino que apenas conseguía ver el propio puente. Como me enteraría después, el río baja sin apenas caudal, por lo que casi hubiera resultado triste verlo…la mayoría de los ríos de Bangladesh provienen del Himalaya y, antes de adentrarse en el país, atraviesan India donde se retienen, retira y ensucia gran parte de las aguas. Frente a las casas, cabañas y aldeas es muy frecuente ver una especie de lagos o pantanos artificiales donde retienen el agua que van a utilizar durante los meses venideros. Y junto a ellos numerosas especies de aves como martines pescadores o garzas.

Tras Sirarganj, proseguí hacia Mirzapur, Savar y alcancé la capital, Dhaka, el 31 de diciembre, justo el último día del año, para celebrarlo con un gran logro. Además, tuve la suerte de que me pusieron en contacto por internet con algunos estudiantes que me acogieron durante mi estancia en Dhaka y conocí de primera mano la realidad que vive el país. Con una población cercana a los 160 millones de habitantes y, a pesar de ser el segundo país mundial exportador de textiles, Bangladesh es uno de los más pobres de Asia. La mayoría de su población es musulmana, conviviendo con una minoría hinduista y cristiana, a pesar de que el estado es laico como herencia de haber sido colonia inglesa. En todo el país es fácil oír la llamada a la oración desde las minaretes de las mezquitas, y por las calles de Dhaka se pueden ver autobuses rojos de dos plantas como los que circulan en Londres, calles plagadas de las famosas y coloridas rickshaws que recorren la ciudad a golpe de pedal entre el caótico tráfico.

Sin embargo, para mi fortuna, debido a las huelgas previas a las elecciones convocadas para el 5 de enero, la ciudad estaba más despejada y resultaba más fácil moverse por ella. Ese era uno de mis miedos antes de entrar en el país. Hasta la fecha había habido más de 100 muertos en enfrentamientos entre partidarios del gobierno y la oposición, y no sabía en qué medida podía resultar peligroso para mí recorrer el país a pie, el medio de trasporte más lento y expuesto. Sin embargo, me tranquilizaron diciendo que visitar el país andando en estas fechas casi era una ventaja más que un inconveniente. Y ser “turista europeo”, con lo más o menos que pueda identificarme o estar de acuerdo con ese término y a pesar de todas las penurias que voy pasando, para qué nos vamos a engañar, a veces sirve de protección y hace que recibas un trato extra de favor. Del mismo modo que la mayoría de las veces sirve también para que tengas que pagar el doble por las cosas.

De hecho, el único momento tenso que viví fue en Dhaka, el lugar más seguro del país debido a la presencia militar y policial que ronda las calles. Iba subido en una ricksahw con mi amigo Kamrul por una gran avenida. Los coches, autobuses y peatones circulaban con normalidad, una furgoneta con numerosos policías cargados con fusiles pasaba a nuestro lado y, al otro lado de la avenida, desfilaba una manifestación a favor del gobierno cuando, de repente, se oye una gran explosión al final de la avenida. La gente empieza a correr hacia todos lados, la manifestación se disuelve y desaparece, los coches y autobuses reculando, echando marcha atrás y saliendo de la zona en un santiamén, cuando explota otro artefacto, esta vez cerca nuestro, y nosotros subidos en una bici más lenta que “el caballo del malo”. Los policías en pie por la calle y en la furgoneta, cargando los fusiles y sin saber dónde apuntar, buscando de dónde caen los explosivos, cuando otro artefacto explota a escasos metros haciendo mucho ruido y echando una gran humareda. Salimos de allí corriendo milagrosamente, y aun caerían varios más. Es una situación tensa e indefensa en la que realmente ves peligrar tu integridad, apenas te da tiempo a pensar y reaccionas instintivamente agazapándote, cubriéndote la cabeza y tapándote los oídos. Por suerte, no nos pasó nada y al rato volvimos a la zona a ver qué veíamos. Nos encontramos restos de cókteles que había arrojado un motorista y cuya finalidad es sólo echar humo, hacer ruido y provocar miedo. Pero claro, si no lo sabes os puedo asegurar que pasas momentos apurados.

En 1971 Bangladesh se separó del actual Pakistán. Hasta entonces había sido “Pakistán del este”. En esa fecha y, tras pagar un sangriento precio (los pakistaníes mataron a un elevado número de intelectuales bangladeshíes), se estableció como país libre e independiente en cuyo frente se erigía la figura de Bangabandhu. Ya anteriormente, hacia 1950, habían reivindicado el uso de la lengua bangla frente al urdu pakistaní. En la actualidad, el movimiento Shabagh que nacía como un movimiento de liberación, reivindica y exige la condena de aquellos criminales de guerra pakistaníes que en 1971 mataron a miles de bangladeshíes. La mayoría de esos criminales conforman en la actualidad un grupo ilegal llamado Jamaat-e-Islami que busca de nuevo la anexión a Pakistán. En Bangladesh existe la pena de muerte, y algunos han sido condenados y ejecutados.

En contraposición, algo que me llamó la atención fue lo abierta que es la juventud de Dhaka y la manera tan libre con que viven su religión, en contraste con otros países musulmanes por los que había pasado con anterioridad. La mayoría de las chicas no llevan hijab y suelen estrechar la mano cuando les presentan a alguien. El primer ministro es una mujer, Sheikh Hasina, líder del partido gubernamental Awami League, frente a Zia, líder del partido en la oposición BNP (Partido Nacional de Bangladesh). Tal vez, mientras en las zonas rurales son más estrictos, cerrados, fieles (o la manera en que cada uno lo quiera calificar) en la ciudad me he encontrado con que no son demasiado practicantes, símbolo de un avance, un progreso y una modernidad. Como me decían, ellos creen en la buena gente, independientemente de su raza, nacionalidad o religión, sentimiento que comparto y que nos hermanó como habitantes de este lugar común llamado mundo. Pude sentir un impulso y una nueva fuerza en la población, en la sociedad y, en concreto, en la juventud, clamando por un Bangladesh libre, abierto y moderno.

Tuve la suerte de visitar de la mano de Bushra y Fahad, estudiantes de Política y Relaciones Internacionales el “International Book Center”, centro donde se realizan numerosas e interesantes actividades culturales. Visitamos también con Kamrul y Tanvir el “monumento de Cristal”, el “Museo de la liberación”, el “Lalbagh Fort Museum” y otros tantos lugares por los que transitamos alegre y curiosamente.

La verdad es que el viaje, al igual que depara momentos duros, te sorprende con experiencias y gente tan especial, a modo de recompensa, que hacen que las penurias queden en el olvido y te sientas una persona muy afortunada, no ya de estar en tu camino, sino simplemente de estar vivo disfrutando de este regalo que es la vida. De compartir en la escasez, de aprender, de vivir intensamente, de ver cómo la gente te lo da todo y se encariña de ti hasta límites insospechados (y viceversa), tanto que uno tiene la sensación de que podría estar varios meses conociendo y disfrutando de cada lugar y de todas esas personas que se cruzan en el camino. Y el viaje podría durar una eternidad. Y resulta difícil continuar la marcha. Pero hay que partir, volver a la carretera, la aventura continúa, y cada vez son más los que vienen conmigo en este camino empujando este carro, compartiendo este sueño, creyendo en un mundo mejor de hombres y mujeres libres donde no importan las razas, las patrias ni las religiones. Porque voy cruzando los países y puedo respirar en el aire un sentimiento común de fraternidad, de gente buena clamando por un mundo nuevo y una realidad muy diferente a la que nos muestran gobiernos y medios de comunicación.

Tengo un sueño, y puedo olerlo en el aire…

OCURRE QUE…

“Ocurre que en la vida todos queremos ser amados, y amar,

y hallar un cálido hogar donde reposar el alma

de los fríos vientos cósmicos que azotan ahí fuera

las copas de los árboles.

Ocurre que en este largo caminar

van muriendo viejos yoes

como caen las hojas marchitas en otoño

dando paso a una nueva vida que se abre al mundo

más limpia y más clara.

Ocurre que todos buscamos descifrar

en el fuego los misterios del universo

mientras las estrellas titilan de frío en la noche

y nuestras almas tiemblan de magia y belleza.

Ocurre que, en el fondo, no sabemos nada

y somos como pequeñas briznas llevadas por el viento a cualquier parte

solos y sin comprender…

Pero de repente, un día miramos atónitos

como el sol despunta sobre el horizonte al amanecer

tumbados en las oníricas playas de la felicidad

y nos sentimos en comunión infinita con un Todo inmenso y superior

al que no teníamos conciencia de pertenecer

y la existencia cobra un sentido más allá de las palabras.”

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MI CARRO

“Mi carro es un Kid-1 de la marca alemana Croozer. Pesa 13’5 kgs., es de aluminio y tiene tres ruedas: una delantera de 16”x2.0 y dos traseras de 20”x1.75. Está pensado para llevar niños, pero en él llevo mi material: tienda de campaña, saco de dormir, esterilla, camping-gas, ordenador portátil, ropa, comida, agua, botiquín y el kit de reparación del propio carrito, unos 45 kgs. todo incluido.

Es mi compañero de viaje, de fatigas y alegrías. Gracias a él puedo portar el equipaje necesario para esta caminata, más del que podría meter en una mochila, y llevar el buen ritmo que estoy llevando, con una media cercana a los 45 kms diarios, habiendo días que camino 60 o incluso 70 kms. En llano va genial, puedo empujarlo con un solo dedo, pero en las subidas y las bajadas, ¡ay, amigo, esa es otra historia!: he de empujarlo o retenerlo, teniendo que realizar un buen trabajo de piernas, lumbares y cuello.

He de cuidarlo como si fuera una bicicleta, el elemento más importante de mi material: cualquier fallo o rotura y me puede dejar tirado en cualquier parte, en mitad de ningún sitio. Una vez se le partió el manillar en Edirne (Turquía) y tuve que empujarlo con dos palos de escoba hasta Estambul. Limpiarlo de vez en cuando, revisar sus piezas y, si es posible, engrasarlo. Se puede montar y desmontar fácilmente, lo que también le confiere cierta fragilidad. Tiene una capota azul impermeable que le hice a medida antes de comenzar el viaje y que, además de protegerlo de la lluvia, lo protege también del sol, el polvo y de los fisgones.

Como os podréis imaginar no todo son ventajas. Por ejemplo, cuando cojo una habitación en un hostal, lo primero que miro es el acceso y la puerta de la habitación, que tengan el ancho suficiente para que quepa el carro y poder guardarlo en la misma habitación y no perderlo de vista. Si no cabe he de buscar otro sitio o pasar la noche intranquilo. A veces he de corregir la posición de la rueda delantera ya que hace de timón y, si no está centrada, provoca que el carro se desvíe hacia la derecha o la izquierda. Otras tengo que subirlo y bajarlo por escaleras, lo que me obliga a contar con la ayuda de alguien. Cuando, por circunstancias del itinerario, he de coger un avión, no me queda más remedio que buscar una caja lo suficientemente grande para embalarlo, y no siempre es fácil encontrar una caja de ese tamaño o incluso que la acepten en el avión. Me roba incluso el protagonismo, es un elemento muy curioso y característico. Todo el mundo se queda mirándolo porque no han visto nunca antes uno igual, sin necesidad de transitar por una aldea perdida en Bangladesh. Me preguntan qué es eso, si es una bici, aunque no acabo de encontrarle el sentido a la pregunta, yo no le veo los pedales por ningún sitio, o si tiene motor, debe ser por lo rápido que voy. También me preguntan qué llevo dentro, si soy el chico de los helados, o si llevo un bebé…y pienso que sí, que llevo a Bebé Mundo, y los sueños e ilusiones de cada vez un mayor número de personas.

Juntos recorremos los lugares sin ir ensuciándolos, sin echar humo y sin hacer ruido, en silencio. A veces lo coloco para que pose en las fotos, junto a un lugar bonito o un mojón, ilustrando que hemos pasado por ahí. También me preguntan si le he puesto nombre, y me ofrecen ideas. Inevitablemente, le vas cogiendo cariño, pero no deja de ser un objeto y, a pesar de que paso muchas horas solo, no, todavía mantengo algo de cordura y no le he puesto nombre. Tal vez más adelante…”

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TRES PAÍSES EN DOS DÍAS

Son las 21:00 de la noche  del 21 de diciembre de 2013, os escribo desde Burimari en las que son mis primeras horas en Bangladesh, justo cuando comienza el invierno y las navidades están ya a la vuelta de la esquina. Estoy reventado, la cama me mira de reojo, pero si no saco hueco a estas horas para escribir, no lo hago nunca.  

Hoy se cumplen justo 9 meses desde que salí de Madrid, el tiempo en el que se gesta una nueva vida, tras haber pisado tres países diferentes en los últimos dos días: Nepal, India y Bangladesh. La última vez que os escribí fue desde Katmandhú, donde aprovechaba para descansar, conocer la ciudad, realizar alguna entrevista, renovar mi material y tramitar un visado de tránsito para India. Tenía la opción de tramitar un nuevo visado de turista con el que me daban un mes de permiso, pero también resultaba más caro y, teniendo en cuenta que apenas iba a estar dos días en India, consideré mejor opción tramitar uno de tránsito. ¿Condicionantes?: el visado de tránsito tiene una validez de 15 días desde el momento en el que te lo expiden, dentro de los cuales puedes estar 3 en India. Bien, me lo dieron el 9 de diciembre: tenía 12 días para recorrer los 500 kilómetros que separaban Katmandhú de Kakkarvitta, en la frontera entre Nepal e India, y dejarme 3 días más para cruzar ese estrecho corredor a través de India y llegar a Bangladesh, apurando mucho y sin apenas márgenes para imprevistos. Comenzaba la cuenta atrás…

Antes de salir de Katmandhú me informé de cuál era el estado de la carretera por la que pensaba transitar, un pequeño atajo de más de 100kms. a la variante principal, pues en mi mapa aparecía con un tramo en línea discontinua (en la leyenda especificaba: línea discontinua = en construcción), a lo que con aires de sapiencia me contestaron: “no hombre, no,  tu mapa está anticuado, ese tramo ya está terminado, vinieron los japoneses hace tiempo a terminarlo…”, haciendo gestos de grandilocuencia para subrayar “los japoneses”, como diciendo “nada más y nada menos”. Bien, tal vez porque era lo que quería oír, no pregunté más y me puse en marcha. Alcancé Dhulikel en la primera jornada, población de la que sale a mano derecha el atajo en cuestión, un lugar de cuyo nombre ya no me acuerdo en la segunda etapa (los nombres vienen en nepalí, si es que vienen en algún idioma) y, a partir de ahí, comenzó lo que yo llamo el “Off-road Nepal”.

Caminaba raudo por una carretera en ligero descenso y relativamente cómoda, exceptuando los pestilentes camiones, silbando y echando fotos, siguiendo el curso del cada vez más caudaloso río Sunkoshi donde se practica rafting cuando, de repente, la carretera se corta y aparece una señal indicando un desvío de tierra y piedras a la derecha con una pendiente cercana al 20% remontando la ladera de la montaña. En cierta manera, mi subconsciente ya se lo esperaba, o era algo a lo que sin querer dar demasiada importancia sabía que me arriesgaba y deseaba que no ocurriera. Acababa de salir de Katmandhú, como quien dice hacía dos días, con toda la ropa limpia, duchado, bien comido, había limpiado hasta el carro y, en apenas unos minutos, estaba otra vez lleno de polvo y masticando tierra. Siempre me ocurre, cuando hago una parada de varios días y salgo renovado tiene que pasar algo, o bien llueve a mares, o bien acabo metido irremediablemente en el barro, y acabo de nuevo sucio, como si estuviera destinado a tener que ir asalvajado. También pienso que mejor que me ocurra ahora que estoy fuerte y descansado, a no cuando llevo dos semanas machacado y sin ducharme. El caso es que esta “variante off-road” se alargó durante dos días y calculo que unos 60 kilómetros de cuestas duras y un terreno irregular y pedregoso atravesando montañas y aldeas que yo creo que hasta hace poco habían estado incomunicadas, bajadas derrapando en la tierra sosteniendo el carro, parado viendo como una excavadora ensanchaba la pista hasta que me dejaba pasar, sufriendo por el maltrato al carro (mucho me temo que en una de estas se le parte el eje de una rueda y me deja tirado en mitad de ningún sitio) y, por supuesto, tierra hasta en la campanilla. Esa noche la pasé en una cabaña perdida de la mano de dios cuyos propietarios me dijeron que se encontraba en Purano Jhajawali (me lo apunté en una nota). Así pues, puede decirse que hasta tuve suerte, dormí en una cama y bajo techo, a la luz de unas velas, en lo más profundo y auténtico de Nepal. Cuando cruzo una aldea con el carro, la actividad se detiene, todo el mundo deja la actividad que está haciendo (partir leña, cestería, cribar arroz, trabajar la tierra, portar un cántaro en la cabeza…), gira el cuello y se dedica a contemplar cómo camino, en silencio, a veces se escucha alguna risita, algún comentario, o algún grito o saludo. Se han llegado a chocar bicis por despistarse y quedarse mirándome.

Al día siguiente, cuando dejé atrás Purano y llevaba unos 30 kilómetros por una polvorienta pista de tierra subiendo y bajando cuestas, apareció de nuevo la carretera. Mi intención era llegar ese día a Sindhuli, lo que no sabía era que me restaban todavía otros 30 kilómetros de ardua subida. Realmente ese día acabé fatigado, tras casi 65 kilómetros, una vez más…pero me sentí como un hacha al coronar el puerto y ver a la gente local con sus puestos de mandarinas y comprobar que había una “Guest House”. Sin embargo, una vez dejado el carro en la habitación, y ya como una rutina diaria, todavía me queda lavar la ropa a mano y mi gran momento: ¡una merecida ducha con agua fría!, tras la cual ceno chowmein, buff momo, veg. Pulao o dhal y duermo como un león en una cama hecha de tablas, pues los colchones son algo que no acaba de cuajar demasiado por estas latitudes (los que he probado son de una lana bastante molida). Si bien hace un tiempo escribía un texto llamado “Animal humano”, creo que ya va siendo hora de escribir otro titulado “La bestia parda”.

A los pocos días, y ya en bajada atravesando bonitas aldeas de cabañas de bambú, madera y adobe, caminando por pequeñas y tranquilas carreteritas disfrutando de la calma, la gente pacífica y sonriente y el sol, alcancé la highway (poco que ver con una autopista europea) que cruza el sur de Nepal de oeste a este, con su tráfico insoportable y sus camiones de humo negro y pestilente, y fui avanzando a través de Dhalkebar, Lahan, Kanchanpur y zonas de selva  y macacos. Crucé el enorme río Sapta Koshi, que recoge el caudal de varios afluentes provenientes del Himalaya, a través de un puente no menos grande y a escasos 5 kilómetros de la frontera con India, cuya ribera está plagada de plantaciones bananeras. De hecho, la fruta que más abunda en esta época y región son las bananas, junto a las mandarinas y las manzanas. Circunvalé la reserva salvaje de Koshi Tappu donde me encantaba ver los martines pescadores al amanecer con su lomo azul y su gran pico y a la gente tratando de pescar con unas redes bastante rudimentarias, y continué a través de Inaruwa, Itahari, Damak y Birtamod por un trazado plano hasta Kakkarvitta, saludando a la India por segunda vez en este viaje y diciéndole adiós a Nepal no sin cierta pena, pues tenía un visado de tres meses (que sus 90 euros me costó) de los que había disfrutado uno y todavía me quedaban muchas cosas por ver. Pero bueno, he de dejarme algo por ver también para después de este viaje, pienso. El caso era que, tras doce días sin reposo y a una media de casi 50 kilómetros diarios, conseguía alcanzar la frontera con India. La primera parte estaba hecha.

Kakkarvitta es la última población al sureste de Nepal y uno de los 7 puntos de paso a India, repleta de hoteles, guest houses y oficinas de cambio donde aproveché para cambiar mis rupias nepalíes de nuevo en rupias indias. Si no prestas atención, te pasas la “Oficina de inmigración nepalí” y cruzas la frontera sin tu sello de salida, pues tampoco hay ningún interés por parte de la policía en recordártelo. Después, tras cruzar un puente, viene la “Oficina de inmigración india”, rellenas un formulario, te sellan la entrada, y a correr. Era 20 de diciembre y tenía dos días para salir de India y entrar en Bangladesh.

Ese mismo día que entré en India, alcancé y rebasé ligeramente la población de Siliguri, para dejarme más cerca el puesto fronterizo con Bangladesh y a ser posible alcanzarlo al día siguiente. Entré un poco a lo loco en India, sin idea de las distancias a cubrir, apresurado porque no expirara mi visado de tránsito pero, sobre todo, sin preparar en absoluto mi entrada a Bangladesh. Apenas había tenido tiempo en Nepal ni la oportunidad de conectarme a internet, y cuando lo hacía era para preparar la campaña de Crowdfunding en Indiegogo.com que estamos pensando lanzar en estas fechas para recolectar algo de dinero, pues a pesar de que gran parte del presupuesto lo cubro con ahorros y voy rozando la supervivencia, es un viaje muy largo y con bastantes gastos que se van acumulando.

Atravesé la región de Darjeeling en India, al noreste del país (la vez anterior lo había hecho por Delhi y Uttar Pradesh) cruzando extensiones con plantaciones de té por una carretera buena y tranquila hasta Siliguri, disfrutando de la luz al atardecer, y penosa hasta Changrabandha, llena de baches, agujeros y un tráfico suicida al día siguiente.

Conocido también como el Pakistán oriental, de población eminentemente musulmana, Bangladesh no se encuentra ahora mismo en el mejor momento para ser visitado. Con revueltas entre partidarios del gobierno y la oposición, huelgas en los trasportes y manifestaciones que acaban con muertos en protesta por la convocatoria de los comicios para el próximo 5 de enero, además de varias fábricas textiles incendiadas, no es el mejor panorama para recorrerlo a pie…Pues al día siguiente, es decir, hoy, me he plantado en  Changrabandha, punto de paso a Bangladesh, y he llegado molido. Tenía un puesto fronterizo más cercano, el de Fulbary a apenas unos kilómetros, pero para mi desgracia está sólo abierto para indios y bangladeshíes. No me ha quedado más remedio que ponerme en marcha a las 5 de la mañana y marcarme otro etapón.

Puesto fronterizo tranquilo y sin tráfico, en cuanto me han visto llegar han salido a recibirme unos chavales que me han explicado amablemente a dónde me tenía que dirigir y me han guiado en todo el proceso. Estaba tan cansado que no he puesto pegas, pero ya temía que me quisieran cobrar algo al finalizar. Primero vas a una especie de caseta donde hay un militar tras una mesa y una silla, luego vas a otra cabaña donde otro militar hace una lectura de tu pasaporte y trascribe los datos a un ordenador, luego vas a otra caseta donde otro militar te pone un sello y, finalmente, vuelves a la primera cabaña y te firman el sello, tras lo cual te puedes ir. Afortunadamente, la suerte me ha sonreído una vez más y había otro tenderete donde cambian dinero, y menos mal, porque me he plantado en la frontera con euros y rupias indias, sin ese puesto no sé cómo me las hubiera apañado. Hoy he descubierto que la moneda de Bangladesh es el Taka (1 rupia india = 1’18 takas, por lo que 1 euro = 82 takas aprox.).

Luego, te diriges a la Oficina de inmigración de Bangladesh y repites el mismo proceso: rellenar formulario y esperar a que apunten tus datos en un cuaderno enorme y trascriban tus datos a ordenador. Casi sin darme cuenta, la segunda parte también estaba hecha: estaba dentro de Bangladesh, rodeado de gente curiosa que me observaba sin ningún tipo de disimulo (a veces pienso que están en babia, o que deben pensar que soy de otro planeta y no me doy cuenta de que me están mirando) A apenas 1 kilómetro hay una “rest house” llamada “Some times”, limpia y acogedora, regentada por un musulmán (hay que entrar descalzo, algo que ya me es familiar). Sin pensármelo dos veces, he cogido una habitación por 500 takas, me he duchado, he lavado ropa y me he ido a comer algo: arroz con pollo, mientras me hacía el firme propósito de tomarme estos días que tengo por delante con más calma, si puede ser…ya que tengo 500 kilómetros hasta la capital Dakha y visado hasta el 16 de enero.

Un fuerte abrazo, les deseo unas felices fiestas en compañía de los suyos.

PROGRAMA “LA HORA L” DE LA CADENA SER

BOTIQUÍN 2

Si bien hace un tiempo, cuando todavía no había comenzado esta gran caminata alrededor del mundo, publiqué un texto mostrando el contenido de mi botiquín de primeros auxilios con el material básico para la andadura por Europa (http://earthwidewalk.tumblr.com/post/43342864069), hoy, nueve meses después y en Asia, tras muchos avatares y transformaciones en el entorno, clima y ecosistemas, creo que puede ser interesante mostrar los cambios que también ha ido sufriendo mi botiquín, aconsejado por mi buen amigo Raúl, enfermero y aficionado a las aventuras y al riesgo.

Así pues, estos son los elementos de que consta al día de hoy, con el principio activo y su aplicación:

-Gasas: heridas.

-Apósitos impregnados: heridas.

-Suero fisiológico: limpiar heridas.

-Tiras de sutura cutánea.

-1 venda ancha.

-1 venda estrecha.

-Esparadrapo.

-Agujas: para ampollas.

-Guantes de latex.

-Vaselina: rozaduras.

-Toallitas de clorhexidrina: desinfectante de heridas.

-Termómetro.

-Betadine (povidona iodada): desinfectante de heridas.

-Crema solar y cacao labial.

-Silvederma (sulfadiazina de plata): antibiótico en pomada para quemaduras e infecciones cutáneas.

-Improntal (piroxicam): pomada para dolor e inflamación como tendinitis.

-Bactrobán (mupirocina): infecciones cutáneas, foliculitis, heridas.

-Ebastel (ebastina 10mg): anti-histamínico para reacciones alérgicas.

-Dolocatil (paracetamol 500mg): dolor y fiebre.

-Paracetamol-cinfa (650mg): dolor, fiebre.

-Augmentine (amoxixilina+ácido clavulánico 125mg): sobres solubles para infecciones.

-Clisterán (citrato trisódico): laxante por vía rectal.

-Fortasec (loperamida): anti-diarreico.

-Primperán (metoclopramida): para evitar náuseas y vómitos.

-Sueroral: polvos salinos solubles en agua para deshidrataciones.

-Jeringuillas y agujas.

-Solu-moderin (metil-prednisolona 40mg inyectable): corticoesteroide anti-inflamatorio como prevención del shock anafiláctico por intoxicación por veneno (serpientes, insectos…).

-Crema y parches repelentes de mosquitos.

-Doxycyclina Asterya: profilaxis para la malaria.

Espero que os resulte interesante y os sea de utilidad si decidís emprender algún viaje o caminata  algo alejados de las comodidades cotidianas. Hasta el día de hoy apenas he recurrido a él salvo para curarme alguna ampolla ocasional y una herida que me hice en el pie al clavarme un alambre. En la India me puse la vacuna de la fiebre tifoidea, ya que salí de España sin tenerla puesta. Ni que decir tiene que, aunque sí tengo conocimientos en primeros auxilios, no soy ningún experto en medicina, que el botiquín es ese amigo al que espero recurrir lo menos posible y que estoy abierto a cualquier sugerencia o consejo por parte de profesionales.

Un saludo.